En 1993, Laura Pausini convirtió a La soledad en una canción sobre la distancia entre dos adolescentes. Tres décadas después, el concepto parece haber adquirido una dimensión menos romántica y bastante más preocupante: la soledad se ha transformado en un problema social con efectos sobre el bienestar, la salud y también sobre la economía.
Los datos de la Encuesta de Bienestar Social 2025 son elocuentes. En Chile, un 9,6% de las personas declara sentirse sola “casi siempre” o “siempre”: cerca de 1,5 millones de personas. La cifra supera el 6% reportado para la OCDE. Y el fenómeno no se distribuye de manera homogénea. La incidencia alcanza 11,8% entre quienes tienen entre 50 y 64 años, 10,8% entre las mujeres, 12,7% en el primer quintil de ingresos y 13,8% entre quienes viven solos.
La soledad, por tanto, no es simplemente una emoción privada. También refleja una forma de vulnerabilidad. La misma encuesta muestra que un 14,2% de la población dispone de una red social baja: no cuenta con amigos o familiares cercanos, o apenas con uno. Cuando a esa fragilidad de redes se suma una percepción persistente de soledad, aparece algo más severo: el aislamiento social. Y allí los costos dejan de ser exclusivamente individuales.
“Las relaciones sociales son una forma de capital: entregan información, apoyo, oportunidades laborales, cuidado y protección frente a shocks. Cuando ese capital se debilita, aumenta la fragilidad de los hogares”.
La economía tiene algo que decir. Las relaciones sociales son una forma de capital: entregan información, apoyo, oportunidades laborales, cuidado y protección frente a shocks. Cuando ese capital se debilita, aumenta la fragilidad de los hogares. Una persona aislada tiene menos redes para buscar empleo, enfrentar una enfermedad, cuidar a un familiar o amortiguar una caída de ingresos. La soledad puede reducir bienestar hoy y capacidad de recuperación mañana. No es casual que el Harvard Study of Adult Development sitúe la calidad de las relaciones sociales entre los factores centrales de una vida más saludable y satisfactoria.
El problema es que nuestro modo de vida empuja en la dirección contraria. Más horas frente a pantallas, largos tiempos de traslado, teletrabajo sin espacios de encuentro y temor a la delincuencia reducen la interacción cotidiana. La paradoja es evidente: nunca habíamos estado tan conectados tecnológicamente y, al mismo tiempo, tantas personas declaran sentirse solas.
¿Qué puede hacer la política pública? Primero, reconocer el aislamiento como un factor de riesgo y no como un asunto meramente privado. Segundo, fortalecer centros comunitarios, programas municipales y actividades barriales dirigidas especialmente a personas mayores y hogares unipersonales. Tercero, incorporar indicadores de soledad y redes de apoyo en la atención primaria para detectar tempranamente situaciones de aislamiento. Y cuarto, mejorar el espacio público, la seguridad y la conectividad urbana: una ciudad que dificulta encontrarse también debilita sus vínculos sociales.
La soledad no desaparecerá por decreto. Pero sí podemos construir condiciones que faciliten el encuentro. Si 1,5 millones de personas viven una soledad frecuente, el problema dejó hace tiempo de pertenecer solo a la esfera íntima. También es una señal sobre la calidad de nuestra vida en común. Y esa es una dimensión del desarrollo que ninguna estadística de PIB debería hacernos olvidar.