Menos empleo por punto de crecimiento
CLAUDIA MARTÍNEZ A. Directora del Instituto de Economía UC
El mercado laboral chileno arrastra un problema que no se explica solo por el bajo crecimiento: el bajo crecimiento que tenemos genera menos empleo que antes. Según el CEP, antes de la pandemia cada punto adicional de PIB se asociaba a un alza de 0,62 puntos en el número de ocupados; entre 2022 y 2025 esa cifra descendió a 0,40.
El desafío no es solo crecer -algo que las cifras recientes muestran cuán difícil es: el Imacec de agosto cayó 1,0% anual, arrastrado por la minería-, sino que cada punto de crecimiento genera menos empleo que antes. Los estudios del Banco Central en el último IPoM ubican la tasa natural de desempleo en 8-8,5%, 1 a 2 puntos más que antes de la pandemia.
Necesitamos un diagnóstico correcto de esta baja capacidad de generar empleo para diseñar políticas adecuadas. En primer lugar, necesitamos crecer. El bajo crecimiento se da pese al alto precio del cobre y a la aprobación de rebajas del impuesto corporativo, en un contexto de expectativas económicas débiles.
“El empleo en Chile tiene un alto riesgo de automatización y las cuarentenas, en un escenario de mayores costos laborales, aceleraron esa transición, reduciendo la capacidad de generar empleo”.
En paralelo, entender las causas de la disminución de capacidad generadora de empleo es también de primer orden. La hipótesis planteada en el reciente IPoM es que el empleo en Chile tiene un alto riesgo de automatización y que las cuarentenas, en un escenario de mayores costos laborales, aceleraron esa transición, reduciendo la capacidad de generar empleo. Frente a esta hipótesis, hay aristas que debemos revisar.
La primera es la composición sectorial. Construcción, comercio y agricultura, sectores intensivos en mano de obra, explican buena parte de la brecha de ocupación respecto de 2019. Hay que distinguir cambios de la composición sectorial de cambios dentro de cada sector: si dentro de cada sector se necesitan hoy menos trabajadores para producir lo mismo. Esto último, sería coherente con mayores costos laborales o con automatización.
La segunda es la naturaleza del shock. La pandemia, por sí sola, no explica la situación excepcional del empleo en Chile, pues afectó a todos los países. Sin embargo, los países no vivieron la misma pandemia: pudimos observar diferencias en la duración y el rigor de los cierres; junto con la importancia relativa de sectores presenciales como comercio, turismo y construcción. Chile tuvo uno de los cierres de lugares de trabajo más prolongados del mundo, por lo que es posible que el efecto de la pandemia en la reorganización del trabajo haya sido más fuerte. Para evaluarlo, habría que incorporar la interacción entre la profundidad de las cuarentenas y la composición sectorial de cada país. Un elemento particular en el caso de Chile, fue el estallido social que el país experimentó pocos meses antes del inicio de la pandemia, que no solo afectó directamente el PIB, sino que, quizás más importante, abrió un período de incertidumbre política que influyó en las expectativas económicas.
La tercera es demográfica. El país envejece y, en paralelo, ha recibido una inmigración relevante. Las personas mayores tienen bajas tasas de ocupación, que han caído tras la pandemia, mientras que las personas migrantes tienen tasas altas. Entender cómo interactúa este cambio demográfico con el de la estructura productiva es relevante para el análisis.
Nada de esto descarta el rol de los costos laborales. Lo que sugiere es que el diagnóstico puede enriquecerse, y que la respuesta de política pública depende de completarlo. Si el problema es composición sectorial, la agenda pasa por destrabar la inversión en construcción y la actividad en comercio. Si es sustitución de trabajo por capital, se requiere capacitación y reconversión. Si es el costos laborales, el énfasis es reajustes y adaptabilidad. Con una tasa de desempleo de 9,6%, no podemos darnos el lujo de equivocar el diagnóstico.