Click acá para ir directamente al contenido
Pilita Clark

Hay directores ejecutivos totalmente indignantes

Pilita Clark

Por: Pilita Clark

Publicado: Lunes 14 de septiembre de 2026 a las 04:00 hrs.

Pilita Clark

Pilita Clark

No recuerdo la última vez que algo en la prensa me haya dejado boquiabierta, pero eso fue exactamente lo que me ocurrió al leer una entrevista con Alan Chang.

“No leo libros”, declaró el treintañero director de Fuse Energy -una startup británica del sector energético, valorada en US$ 5 mil millones- cuando un periodista de The Sunday Times le pidió que enumerara algunos de sus intereses personales.

Tampoco ve películas. Y en cuanto a la filantropía: “En realidad, no creo en las organizaciones benéficas”, afirmó. “Me parece una forma extremadamente ineficiente de asignar capital”.

Sin embargo, la frase que realmente me dejó atónita llegó cuando Chang -exalto ejecutivo de la agresiva empresa de tecnología financiera, Revolut- reveló que decidió fundar Fuse en 2022 tras descubrir que el sector energético británico estaba lleno de personas mediocres e ineptas. “Simplemente entrábamos en LinkedIn y analizábamos: ¿Quiénes son las personas que trabajan allí? ¿Dónde estudiaron? ¿Cuál es su trayectoria? Y diría que a la mayoría de esas personas yo personalmente no las contrataría”.

“Necesitamos más directores ejecutivos que no teman hablar con franqueza, especialmente aquellos que controlan una nueva y poderosa tecnología capaz de transformar la vida tal como la conocemos”.

Como no conozco a Chang, no tengo ni idea de si hizo este comentario arrogante y absurdo, para llamar la atención o porque realmente lo cree. Mi reacción no se debe a que los directores ejecutivos ultra francos se hayan desaparecido, aunque sí parece que están en peligro de extinción.

Michael O’Leary, de Ryanair, sigue siendo una anomalía 17 años después de decirme que se jubilaría en tres años para que un líder de carácter más conciliador pudiera dirigir la aerolínea. Aquello ocurrió en una entrevista en la que describió a un rival del sector como “un niño rico que se dignó a mover el culo” y dijo que Richard Branson, de Virgin, “no vale gran cosa”.

Poco ha cambiado desde entonces. Hace dos meses O’Leary dijo que Úrsula von der Leyen era una “idiota” y se quejó de que los cretinos e idiotas del Parlamento Europeo estaban elaborando una “regulación de mierda”.

En el ámbito financiero, Jamie Dimon, de JPMorgan Chase, sigue siendo una figura atípica en Wall Street; él ha calificado todo, desde la política estadounidense hasta algunos de los programas de diversidad de su propio banco de “mierda estúpida”.

Mientras tanto, en el sector tecnológico, el locuaz Alex Karp, de Palantir, se destaca por fantasear con conseguir un dron y “rociar con orina ligeramente mezclada con fentanilo a los analistas que intentaron jodernos”.

¿Por qué es tan reducida la lista de otras voces francas? No se debe únicamente al avance constante del complejo industrial de las relaciones públicas ni a los políticos rencorosos dispuestos a complicarles la vida a las empresas que no se pliegan a las normas.

Sospecho que los comentarios de Chang resultan especialmente chocantes porque él proviene de una industria tecnológica que, en los últimos cuatro años, ha llevado a un nivel inédito la retórica pretenciosa y exagerada de sus líderes.

Me refiero aquí a los extensos ensayos que los líderes de la inteligencia artificial (IA) y sus partidarios han estado difundiendo desde la llegada de ChatGPT en 2022.

“La inteligencia artificial es nuestra alquimia, nuestra Piedra Filosofal”, declaró Marc Andreessen en su Manifiesto Tecnooptimista de 2023. “Una característica definitoria de la Era de la Inteligencia será una prosperidad masiva”, prometió Sam Altman al año siguiente. Un mes después, Dario Amodei, de Anthropic, publicó un documento monumental de 14.700 palabras sobre cómo la IA podría transformar el mundo para mejor. Resultó tener una secuela de 21.800 palabras -incluyendo las notas al pie- en la que Amodei explicaba que estábamos entrando en una fase que “pondrá a prueba quiénes somos como especie”.

El mes pasado, Mark Zuckerberg difundió un texto de 6.500 palabras sobre “el camino hacia un futuro positivo con IA”, elevando a nuevas alturas la jerga interesada y pretenciosa. La IA podría proporcionarle a todo el mundo “superpoderes de invención” y tutores personalizados con “un doctorado en cada materia”, escribió; eso sí, siempre y cuando Meta tenga la libertad para prosperar.

“Meta es la empresa centrada en crear una superinteligencia personal para todos”, Zuckerberg explicó con toda seriedad. “La mayoría de los demás laboratorios se centran en desarrollar IA para empresas, gobiernos u otras instituciones; por lo tanto, si esos laboratorios determinan el futuro, el equilibrio de poder favorecerá a las grandes instituciones frente a los individuos”.

En serio. Prefiero, 1.000 veces, una de las diatribas de O’Leary o un bofetón verbal de Chang. No comparto todo lo que dicen quienes hablan sin rodeos. A veces resultan ofensivos sin necesidad y no estoy segura de querer trabajar para ninguno de ellos. Tampoco me entusiasma ni Fuse Energy, ni sus inversores. Pero necesitamos más directores ejecutivos que no teman hablar con franqueza, especialmente aquellos que controlan una nueva y poderosa tecnología capaz de transformar la vida tal como la conocemos.

Te recomendamos