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Columnistas

PISA: por qué no podemos delegar el pensamiento

CLAUDIO SEEBACH DECANO FACULTAD DE INGENIERÍA Y CIENCIAS UAI

Por: Claudio Seebach

Publicado: Martes 22 de septiembre de 2026 a las 04:05 hrs.

Los magros resultados de la última prueba PISA, test que, cada trienio, rinden miles de jóvenes en más de 90 países, confirman el catastrófico estancamiento que sufren nuestros niños y jóvenes a nivel educativo. Y esto ocurre no solo en Chile -donde alcanzamos mínimos históricos preocupantes en matemáticas y comprensión lectora-, sino también a nivel global. Hoy un adolescente de la OCDE no lee mejor que alguien de su misma edad una década atrás.

Las causas de este problema son multifactoriales. Por un lado, la omnipresencia de pantallas y redes sociales ha configurado verdaderas “Armas de Distracción Masiva”: según PISA, el 50% de los estudiantes chilenos admite que el uso de celulares interrumpe las clases (frente al 28% promedio de la OCDE), una sobreestimulación que reduce los lapsos de atención, los tiempos dedicados a la lectura profunda y la capacidad de asombro.

Por otro lado, hemos caído en una preocupante pérdida de rigor y exigencia en el sistema educativo. Hoy, diversas voces han criticado las pruebas estandarizadas, cuando pese a sus deficiencias, éstas siguen siendo un buen predictor de la calidad de vida futura de los estudiantes: los jóvenes que obtienen buenos resultados en PISA tienden a tener mayores ingresos, mayor longevidad y una vida más sana.

Así también la denominada “inflación de notas” -especialmente marcada en colegios particulares pagados- ayuda a generar una falsa sensación de aprendizaje y disminuye la tolerancia a la frustración de los estudiantes que ingresan a la educación superior o al mundo laboral.

Ante este escenario, y para mayor abundamiento, también ha surgido voces que aventuran una tentadora pero peligrosa falacia: si en la era de la inteligencia artificial (IA) las máquinas se vuelven crecientemente capaces, ¿para qué exigir a las mentes humanas el esfuerzo de procesar, calcular o discernir?

Tal como la invención del automóvil no eliminó la necesidad del ejercicio físico, la IA no reemplazará la agilidad mental. Al contrario: su rápido surgimiento nos obliga a potenciar la capacidad crítica, el razonamiento matemático y la alfabetización científica básica, herramientas mínimas para interactuar con sistemas complejos y no quedar a la deriva de las respuestas generadas por el algoritmo.

Acortar estas brechas y revertir estos resultados exigirá, sin lugar a duda, revisar nuestras metodologías y prácticas educativas: necesitamos conectar la enseñanza de las ciencias, la ingeniería y las matemáticas con desafíos reales del entorno -desde el cambio climático, la salud o la productividad-, haciendo que el aprendizaje vuelva a tener sentido. Tanto profesores como docentes estamos llamados a salir de nuestras aulas, investigaciones y laboratorios e inspirar vocaciones tempranas, colaborando entre sí para acercar la ciencia y la tecnología a niñas, niños y jóvenes.

Si permitimos que las máquinas sean cada vez más brillantes mientras descuidamos las capacidades cognitivas fundamentales de nuestras futuras generaciones, el costo en desarrollo, equidad y capacidad de innovación será irreparable.

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