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Columnistas

¿Y si su mejor trabajo está por llegar?

CARLA FUENZALIDA directora ejecutiva de Lukkap Chile

Por: CARLA FUENZALIDA

Publicado: Viernes 6 de noviembre de 2026 a las 04:00 hrs.

Tras más de veinte años en una empresa, un profesional es desvinculado y sale a buscar trabajo. Actualiza su currículum, llama a antiguos contactos y comienza a postular a cargos parecidos al que tenía. Es comprensible: conoce ese camino y sabe que puede hacerlo bien. Pero pasan los meses y aparece una pregunta: ¿su próximo paso tiene que ser necesariamente volver a lo mismo?

La situación del empleo en Chile vuelve esa pregunta especialmente relevante. Según el último informe del INE, los asalariados formales disminuyeron un 2,5% en doce meses. Detrás de esa cifra hay personas intentando recuperar ingresos y estabilidad en un mercado que ofrece menos espacios. Para quienes han construido una trayectoria larga, la búsqueda también puede cuestionar algo más profundo: la idea que tenían sobre su futuro profesional.

Necesitamos preparar la segunda mitad de la carrera antes de que una desvinculación nos obligue a improvisarla. A los 50, seguir trabajando puede significar todavía muchos años de contribución. Esa etapa merece un proyecto que considere tanto lo que sabemos hacer como la manera en que queremos hacerlo.

“Necesitamos preparar la segunda mitad de la carrera antes de que una desvinculación nos obligue a improvisarla”.

Durante décadas, el éxito profesional se ha asociado a una secuencia conocida: entrar a una organización, asumir mayores responsabilidades y avanzar hasta la jubilación. Por eso, al perder un cargo, es natural intentar recuperar uno equivalente. El problema surge cuando se convierte en el único futuro que podemos imaginar.

Por supuesto que volver a una empresa sigue siendo una opción válida y deseada. Pero también puede haber espacio para asesorar, enseñar, emprender, ejercer mentorías o combinar un trabajo parcial con proyectos.

Explorar esas posibilidades requiere preparación, pues la experiencia por sí sola no explica cómo podemos aportar, sobre todo después de años identificándonos con un cargo. Hay que reescribir quiénes somos profesionalmente: qué problemas sabemos resolver, qué conocimientos podemos transferir y dónde pueden ser útiles. Ese ejercicio permite reconocer capacidades que a veces quedan ocultas detrás del nombre de una empresa.

No se trata de pedirle a todo profesional de 50 años que emprenda. Una transición necesita realismo: ingresos suficientes, tiempo para desarrollarse y condiciones personales que permitan sostenerla. Tener más opciones ayuda a decidir; no elimina la incertidumbre ni reemplaza la necesidad de empleo.

Tampoco podemos ignorar las barreras por edad, que siguen cerrando puertas cuando la experiencia se confunde con rigidez o con una menor capacidad para aprender. Esos prejuicios impiden evaluar a cada persona por lo que realmente puede aportar. Mientras las empresas sigan mirando las trayectorias con ese filtro, dejarán fuera conocimientos y capacidades que podrían ser clave para su desarrollo.

La caída del empleo formal nos obliga a discutir cómo generar puestos de trabajo. También debiera llevarnos a pensar cómo aprovechar trayectorias que aún tienen futuro. Preparar el tercer tiempo laboral desde los 45 años o menos nos permite llegar a esa etapa con un proyecto más amplio que la búsqueda del último cargo que ocupamos. La experiencia acumulada merece oportunidades para seguir creciendo, incluso cuando el próximo paso toma una forma distinta de la que conocíamos.

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