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Jueves 8 de Diciembre, 2016

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Cuba inicia la era de la lucha entre el cambio y la tradición

La isla se debate entre flexibilizar su modelo socialista y abrirse al mundo o seguir congelada en el tiempo.

  • Por María Gabriela Arteaga
    Cuba inicia la era de la lucha entre el cambio y la tradición

    Cuba es y ha sido, durante los últimos 50 años, sinónimo de contraste entre la máxima pobreza en las afueras de La Habana y el lujo extremo en Varadero o Cayo Largo.

    La isla más grande del Caribe, con poco más de 104 mil kilómetros cuadrados y once millones de habitantes, se debate ahora, tras la muerte del ex gobernante Fidel Castro, entre flexibilizar su modelo socialista y abrirse al mundo, o seguir congelada en el tiempo sin nuevas importaciones, sin maquinaria ni autos modernos y sin servicios básicos de calidad -como la electricidad-, que los pobladores no disfrutan, pero los turistas sí.

    Habiendo dado la espalda a la globalización y al capitalismo por décadas, Cuba evadió el curso de la extrema inequidad y la pobreza. La mayoría de sus ciudadanos, desde conductores de autobuses, constructores, doctores, ingenieros y servidores públicos, obtienen sueldos de entre US$ 20 y US$ 30 al mes, y reciben fuertes subsidios del gobierno en comida y transporte, así como la gratuidad en vivienda, educación y salud. Las deudas personales e hipotecas son inexistentes, lo que da a los cubanos un PIB per cápita anual de alrededor de US$ 6.800, según el Banco Mundial, y coloca al país entre la lista de las economías globales con ingresos medios.

    Pero los más jóvenes han crecido y se están volviendo impacientes ante la austeridad socialista mientras se enfrentan a la buena vida que disfrutan los turistas a escasos metros de sus precarias viviendas.

    El cambio lucha contra la tradición. Cuba está cerca de cumplir una década de reformas cautelosas de la mano del ahora jefe de Estado, Raúl Castro, quien tomó el poder de su hermano en 2008. Los pequeños pasos que ha dado para permitir que las empresas privadas comercien bienes raíces y automóviles -cuya importación se detuvo tras la instauración del castrismo - y que instalen restaurantes, cafeterías y alojamientos, han comenzado a ampliar la brecha de ingresos que podría crecer aún más con una total apertura.

    Mientras, los viejos edificios comparten el paisaje con pocas pero nuevas edificaciones que se han erigido con el auge de la construcción impulsado por el turismo desde el cambio de década, La Habana experimenta la intermitente interrupción de la electricidad, que ha ido in crescendo a medida en que la crisis de su principal aliado y fuente de recursos, Venezuela, se acrecienta. La dualidad entre la riqueza y la pobreza parece profundizarse cada vez más, a medida en que se abre a los cambios, pero no permite las libertades y el acceso a la población.

    Igualdad entre desiguales

    El fallecido dictador ha dejado un país que no proyecta una visión clara de hacia dónde va. Su principal fuente de ingreso es el turismo, los servicios médicos y las remeses que familiares, la mayoría de ellos en EEUU, envían a quienes quedan en la isla. Ello, no es suficiente para financiar la generosidad socialista.

    Castro consiguió que los cubanos fuesen iguales entre sí, pero se volvieron desiguales y pobres en comparación con los visitantes de otros países que ven en la isla un destino paradisíaco. En 2015 Cuba recibió ingresos de US$ 2.800 millones por turismo y en el primer semestre de 2016 sumaron más de US$ 1.200 millones, lo que representa un crecimiento del 15% respecto al mismo periodo del año anterior, según la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI).

    Así, mientras los ciudadanos no tienen cómo adquirir, por ejemplo, sus propios habanos y ron de fama mundial, o quedarse en los numerosos balnearios de la isla, apuestan por trabajar dentro del sector para poder vivir los lujos más de cerca y, además, tener acceso a productos de primera necesidad que por años han estado regulados por el Ejecutivo.

    La única opción que pareciera estar en puertas para un verdadero desarrollo, al estilo del siglo XXI, es desmantelar algo de los controles revolucionarios, promover la inversión extranjera y del sector privado para permitir que el cubano de a pie pueda tener mejores ingresos y construir sus vidas. Sin embargo, Fidel Castro siempre supo que permitir eso reduciría la dependencia ciudadana del gobierno y ese pensamiento lo dejó bien arraigado en sus sucesores.

    Ese es el mayor desafío del actual mandatario, quien había asegurado que dejaría el poder en 2018, pero ahora podría repensarlo. Sin su hermano en las sombras del poder, podría decidir que los cubanos tienen en sus manos el progreso y aceptar nuevas ideas no sería tan descabellado. Sin embargo, queda por enfrentar a los miles de férreos seguidores de Fidel dentro del sistema y al resto de su familia -entre ellos su hija Mariela- "entrenados" para hacer frente al cambio.

    El precursor de la Revolución cubana dejó un país que intenta dejar de lado su larga dependencia de Venezuela, que importó su sistema e ideales y se sumió en la más severa crisis de su historia, y con una nueva relación con EEUU que podría ayudar a reactivar su economía. Todo dependerá del nuevo titular de la Casa Blanca, Donald Trump.

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