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Columnistas

21/04/2017

Censo

Por Padre Raúl Hasbún

  • De las ocho acepciones que el Diccionario consigna para “Censo”, siete aluden específicamente a un tributo o suma de dinero que debe pagarse. La etimología y práctica censual, en regímenes de todo tipo y en todas las edades, desnuda la pretensión de saber exactamente a cuántos de sus subyugados pueden imponerles la carga, siempre creciente, de costear con sus impuestos el aparato estatal, la óptima y privilegiada mantención de quienes gobiernan y, marginalmente, la dadivosa concesión de bienes o promesas a los que no tienen más que esperanzas. Añádase, a este insaciable apetito recaudador, la igualmente obsesiva compulsión de saber a cuántos subyugados se podrá reclutar forzosamente para hacer la guerra, y se comprenderá fácilmente el repudio popular a los edictos censuales.

    La Biblia confirma este repudio con un severo castigo divino. Según el Libro Primero de las Crónicas, cap. 21, “se alzó Satán contra Israel, e incitó a David a hacer el censo del pueblo”. Sus asesores intentaron disuadirle de este despropósito: “¿para qué quiere esto nuestro señor y rey? ¿Y por qué atraer culpa sobre tu pueblo?”. Obstinado el rey, el censo se extendió hasta el último confín del territorio, por espacio de nueve meses y veinte días. Lo monitoreó el comandante en jefe del ejército. Y el resultado fue anunciado en términos bélicos: cerca de un millón quinientos mil israelitas estaban en capacidad de manejar las armas (también entonces hubo dos censos, o dos registros distintos del censo. Uno arrojó 1.570.000; el otro, 1.300.000. Era el año 1000 antes de Cristo, y sólo se conocían métodos artesanales).

    “Desagradó esto a Dios, por lo cual castigó a Israel”. David fue conminado a elegir entre tres años de hambruna, tres meses de derrota y persecución militar, tres días de peste nacional. Eligió el rey la que le pareció menos mala, tres días de peste. ¿Menos mala? Murieron setenta mil inocentes. Es la típica, infalible prueba de que Satán está detrás de una decisión.

    Es el mismo Satán que alardea ante Jesús de monopolizar el poder y la gloria de todos los reinos. Envidioso imitador de Dios, aspira el demonio a saberlo todo, poderlo todo, preverlo y proveerlo todo, como es la esencia de Dios. Lo que Dios no conoce, lo que Dios no puede, lo que Dios no da, simplemente no existe. Y gobernantes de todos los tiempos no se contentan con saber, poder y ser menos que Dios. De ahí su obsesión por controlarlo todo y declarar inexistente o fraudulento lo que no consta en sus registros. Para eso se paraliza el país, con virtual arresto domiciliario, y se amenaza con duplicar la multa al que se niegue a responder. Lástima que nuestro censo utilice, dos mil años después de Cristo, los mismos métodos artesanales que mil años antes de Cristo.

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