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Oportunidades y desafíos de la cumbre climática en Chile

Pablo Badenier Ex Ministro del Medio Ambiente

Por: Pablo Badenier | Publicado: Viernes 1 de febrero de 2019 a las 04:00 hrs.
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Pablo Badenier

Con una inesperada noticia terminó 2018 en materia de política ambiental: Chile será sede de la próxima cumbre climática mundial, un desafío que vale la pena asumir si nos comportamos como un anfitrión a la altura. Para que la COP 25 sea trascendente, es esencial que nuestro país promueva compromisos más ambiciosos e inequívocos desde su experiencia y particularidad.

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Si queremos liderar seriamente el próximo gran debate sobre el cambio climático —y no sólo proveer los servicios de hotelería y banquetería—, Chile debe apostar por compromisos más altos de mitigación de los mayores emisores de gases de efecto invernadero, y debe reposicionar la adaptación al cambio climático desde países que, por su posición geográfica o nivel de desarrollo, son más vulnerables (y no necesariamente grandes emisores de GEI).

Así, Chile debe jugarse por que la cumbre adhiera sin dobleces al informe especial del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), que alerta sobre la urgencia de proponernos disminuir el aumento proyectado de la temperatura a 1,5ºC, y evitar que más países se sumen a la disidencia al acuerdo de París, como tristemente lo hizo Estados Unidos. La COP 25 debe ser un dique de contención para países populistas que no asumen su responsabilidad y se desentienden de una de las principales amenazas mundiales, entre ellos Brasil. Ello como antesala a que cada país actualice su respectiva contribución expresada en París en 2015, que propone que la temperatura promedio del planeta no aumente más de 2ºC a fines del presente siglo.

Chile debe hablar desde su particularidad. Somos un país tremendamente vulnerable al cambio climático y debemos ser la voz de otros que necesitan más avance en las políticas de adaptación al cambio climático. Desde hace varios años nuestro país integra una alianza regional (AILAC) que relevó la importancia de dicha adaptación y que, sin restarse de los acuerdos para disminuir los gases que provocan el cambio climático, urgía para que los fondos internacionales y la trasferencia tecnológica estuviesen también disponibles para adaptarnos a la realidad climática ya en marcha. Así, los efectos sobre la infraestructura y los sistemas productivos obliga a cambiar nuestra planificación territorial, nuestros sistemas de riego y mejor ante catástrofes naturales, entre otras políticas públicas urgentes.

Chile ha demostrado que ser activos en el combate al cambio climático es una oportunidad y no un problema para nuestro modelo de desarrollo. La concreción de proyectos de energías renovables cambiará para siempre la matriz energética, haciéndola más sustentable, económica y segura. De la misma manera, la promoción de la electromovilidad mejorará nuestra calidad de vida, con ciudades con menos contaminantes locales y más silenciosas. Y si logramos descarbonizar nuestra matriz energética, con plazos y costos realistas, seremos un digno anfitrión de la cumbre climática: predicando con el ejemplo, podremos exigir a los países más desarrollados acuerdos más efectivos que los logrados en citas anteriores.

Finalmente, la anunciada, pero aún no conocida Ley de Cambio Climático puede ser un punto de inflexión, para bien o para mal: será positiva si permite alinear políticas sectoriales y regionales bajo un objetivo común; pero negativa si sólo es una declaración de buenas intenciones.

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