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Rafael Mies

Un millón ochocientos mil pesos

Por: Rafael Mies | Publicado: Jueves 24 de octubre de 2013 a las 05:00 hrs.
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Un millón ochocientos mil pesos representa la línea de corte por sobre la cual está el decil más rico de la población chilena. En otras palabras, si los ingresos de una persona están por encima de esta cifra debe considerarse oficialmente rica.

Ser rico no solo significa estar privado o marginado de la mayor parte de los beneficios sociales, significa además tenerla responsabilidad de financiar al resto más vulnerable. Esta definición de riqueza no solo tiene una falla esencial en su cálculo, que cualquier contador no demoraría un minuto en entender, sino también en sus implicancias para nuestras políticas sociales y las posibilidades de seguir creciendo.

Es sabido que la riqueza poco tiene que ver con los activos o con el monto bruto de los ingresos si estos no se comparan con los pasivos o con los “gastos de la operación”. No estoy hablando de “gastos no operacionales”, sino de aquellos directamente relacionados con la posibilidad de generar este nivel de ingresos. La verdad es que detrás de muchos de estos supuestos ricos existe una realidad escondida, mes a mes, de incapacidad de solventar sus gastos corrientes. Y no me estoy refiriendo a vacaciones o placeres hedonistas sino a bienes básicos como movilización, alimentación, salud, vivienda y vestuario.

Es bueno entender que la sensación de pobreza y desamparo tiene mucho más que ver con la imposibilidad de solventar un nivel de vida que con los ingresos generados a final de mes. De ello se deriva la paradoja de que alguien, ganando cuatrocientos mil pesos, pero con cobertura de salud, educación, alimentación para los hijos y acceso a un sinfín de políticas sociales, pueda tener a fin de mes una sensación de “riqueza” mucho mayor al que gana sobre las noventa unidades de fomento. El riesgo de esta situación es que la política social termine desincentivando a la clase más vulnerable a generar de un modo formal mayores ingresos.

Dejar de ser pobre y pasar a la clase media puede significar para muchos entrar literalmente al “valle de la muerte” donde se acaban los beneficios y subsidios públicos y comienzan las deudas.

Sin darnos cuenta hemos entrado en un juego dialéctico por el cual aumentar los ingresos significa pasar “al bando de los malos”. De cierto modo a partir de un millón ochocientos mil pesos la persona debiera casi sentir culpa de su situación privilegiada y, por lo mismo, no esperar del Estado más que una férrea fiscalización tributaria.

El ataque constante y transversal del discurso político a las personas y empresas que van alcanzando cierto nivel de ingresos está hipotecando lenta pero efectivamente el crecimiento y desarrollo del país.

Una sociedad sana promueve, empuja y aplaude el desarrollo económico de sus ciudadanos y organizaciones y desde ahí se encarga de asistir a los más débiles. Curiosamente, y con todos los defectos que tienen, esto es lo mejor que han entendido los chinos.

Permítanme concluir recordando las palabras de un profesor que me marcaron profundamente: “no puede haber amor al prójimo si primero no hay autoestima y amor a uno mismo” y eso, no se construye con un asistencialismo que por tratar de ayudar anula en las personas el deseo de ser más.

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