Cuatro mensajes de la carta del Cardenal a los empresarios
ALFREDO MORENO CHARME EMPRESARIO
Hace unos días presenté en USEC, junto a Vittorio Corbo, la carta que el Cardenal dirigió a los empresarios. Lo hice desde la experiencia de haber sido empresario y director de compañías pequeñas, medianas y grandes; parte del mundo gremial y del Estado. No pretendo resumirla, pero hay cuatro cosas que me parecen distintivas.
La primera es que devuelve la voz de la Iglesia a la conversación pública. Por distintos motivos, esa voz se fue silenciando o dejó de escucharse. El Cardenal ha cambiado eso: se hace presente en los temas relevantes de la sociedad. Chile necesita esa voz, y particularmente hoy, en medio de un cambio tecnológico que está transformando el trabajo y que alimenta una polarización que amenaza a nuestras comunidades.
La segunda es a quién le escribe. Este año el Cardenal ha escrito a los profesores, a las familias, a los jóvenes y a los apoderados. Sumar a los empresarios releva la importancia de los emprendedores y de las empresas. Pero además, lo hace valorando nuestra tarea. Sostiene que ser empresario es una vocación, como el sacerdocio o el servicio social; que las empresas privadas son la fuente principal del desarrollo económico y donde se genera la mayor cantidad de empleos; y que “tal vez no haya mejor política pública que promover la creación de empresas”. Incluso pide al Estado ejercer su rol de “Empresario Indirecto”: resguardar los derechos laborales, asegurar estabilidad, permitir flexibilidad horaria y combatir la informalidad.
“Sostiene que ser empresario es una vocación, como el sacerdocio o el servicio social”.
La tercera es que, desde ese reconocimiento, y desde la naturaleza más profunda de hacer empresas, la carta interpela con dureza. “La finalidad propia de una empresa es servir a la sociedad produciendo bienes y servicios y constituyendo una comunidad de personas que aportan al bien común: eso es tener un propósito genuino”. Y luego pregunta: ¿ocurre eso donde trabajo? ¿Están la dignidad y el bien común en la planificación estratégica? ¿Se sienten los trabajadores parte de una comunidad que los respeta, y remunerados con justicia? Lo mismo respecto de la compatibilidad entre trabajo y familia, del acceso de la mujer a altos cargos y del empleo de personas vulnerables. Hay avances, pero falta mucho.
La cuarta me parece especialmente relevante. A los valores tradicionales necesarios para quienes laboran en una empresa —ser honesto, puntual, veraz, magnánimo— la carta agrega una que podría parecer ingenua: ser confiado. No se puede trabajar con quien no se confía, ni confiar en lo que no se conoce, y “no tener confianza es siempre fuente de conflictos que perjudican el bien común”. De ahí una frase que debiera incomodar a cualquier directorio: “multiplicar mecanismos sin formar el carácter no produce organizaciones más honestas, sino organizaciones más vigiladas”. Pero la confianza se busca y se construye, y los que tienen jerarquía o poder tienen más responsabilidad. La carta llama a no tener temor. Y eso vale hacia adentro, pero también hacia afuera: con los vecinos, las comunidades aledañas y con el país.
Hay que salir a conocerlos y entenderlos, a que nos conozcan y nos entiendan. A enfrentar juntos los problemas de la comunidad. El llamado, en su esencia, es a no tener miedo de crear y dirigir empresas desde la justicia y el amor, desde el diálogo y el respeto, que no son incompatibles con la eficiencia y la productividad, sino que permiten desplegar la plenitud de la dignidad humana.