Columnistas

Economía positiva y una máxima de Wittgenstein

Jorge Quiroz Socio Principal de Quiroz & Asociados

  • T+
  • T-

Compartir

“De lo que no se puede hablar, es mejor callar”, escribió Ludwig Wittgenstein, uno de los padres del positivismo en su obra más conocida, el “Tractatus Logico Philosophicus”. Como se sabe, el positivismo tuvo fuerte influencia en el desarrollo de la economía moderna, con la distinción que más tarde haría Friedman entre economía “positiva” y “normativa”.

La economía positiva trata sobre proposiciones cuya veracidad no depende de quien las enuncie. Ejemplo: “si suben los impuestos corporativos, baja la inversión”. La proposición puede ser cierta o falsa, pero su veracidad no depende de quien la enuncie. La economía normativa en cambio, trata de proposiciones acerca del “deber ser”. Ejemplo: “hay que subirle los impuestos a los ricos para darle plata a los pobres”, un enunciado cuya validez es subjetiva porque depende de las preferencias de quien la emite.

Pero, como bien dijo Friedman, aunque se puede concebir la economía positiva sin referencias normativas, es imposible hacer buena economía normativa sin tener en cuenta la economía positiva. Siguiendo el último ejemplo, si de tanto subirle el impuesto a los ricos éstos terminan yéndose del país a hacer sus inversiones a otra parte, quizá al final los pobres terminen peor de lo que se pretendía. Entonces, hay buena y mala economía normativa. Preferimos la buena, porque el camino al desastre suele estar pavimentado de buenas intenciones.

Lo que nos lleva a la coyuntura actual. En las promesas presidenciales escasea la buena economía normativa, y lo que más abunda son las expresiones de deseos disfrazados de certeza (“aumentaremos los empleos en tantos y tantos miles”). Intentando hacer economía positiva, con algo de normativa de la buena, ¿qué podemos razonablemente decir como economistas respecto del futuro previsible? Un par de cosas no más.

En primer lugar, parece evidente que la presión por subir el gasto público continuará, independientemente de quién salga elegido presidente. Esto podría ocurrir aún si la economía crece poco, porque todavía existe capacidad para seguir endeudando al fisco, sin que medie obstáculo institucional alguno. De donde se sigue una certeza casi contable: si el bajo crecimiento continúa, el país continuará incrementando su deuda pública. Luego, si no se quiere aquello, resulta esencial aumentar el crecimiento: otra certeza contable. Lo que nos lleva a la pregunta del millón: ¿Cómo crecer más?

“En el largo plazo estamos todos muertos”, dijo Keynes. Así, siendo prácticos, mejor concentrarse en el crecimiento de corto plazo. En dicho horizonte, dos a tres años, el crecimiento depende de la demanda agregada, una proposición de economía positiva con la cual la gran mayoría de los economistas profesionales estarán de acuerdo. Por su parte, el componente más volátil de la demanda agregada es la inversión.

Pero aún con la estructura tributaria actual, existe una perspectiva favorable para la inversión en Chile, derivada de la reciente mejoría en los precios del cobre. Luego, si no se hace nada, la inversión subirá igual. Pero puede subir mucho o solo un poco. Y es aquí donde existe un espacio enorme para apurar el tranco: destrabar el cúmulo de burocracia y judicialización que hoy entorpece el proceso de inversión.

La administración que logre aquello, tendrá réditos relevantes en términos de crecimiento y podrá detener el aumento de la deuda pública, que hoy luce como inexorable. Ello podría ser acometido tanto por Piñera como por Guillier: ambos han hecho referencia, de un modo u otro a este escollo. La pregunta entonces sería quién es más capaz de lograr este desafío.

Pero esta última pregunta escapa completamente a la economía positiva. Lo que nos lleva a la máxima de Wittgenstein ya citada, pero que años después de publicar el Tractatus decidió modificarla: “de lo que no se puede hablar, es mejor mostrar”. Luego, se trataría entonces de qué candidato “ha (de)mostrado más”: un problema de indicios, no de certezas. La respuesta queda para el lector. Suerte el domingo.

Lo más leído