La mirada larga
HERNÁN CHEYRE Centro de Investigación Empresa y Sociedad (CIES)U. del Desarrollo
El proyecto de Reconstrucción que se está tramitando tiene como propósito fundamental generar un shock de inversión que permita a la economía chilena salir del pantano en el que se encuentra atrapada. Este proyecto es condición necesaria para poder avanzar hacia el año 2030 a una tasa de crecimiento tendencial de 4%, que es lo que el país necesita para que los chilenos puedan retomar una senda de progreso estable. Pero no es suficiente. Será necesario implementar reformas adicionales, como por ejemplo profundizar la competencia y la “desafiabilidad” de los mercados por parte de nuevos actores para mejorar la productividad y fomentar la innovación; mejorar la capacidad de adquirir y adaptar tecnologías; fortalecer la integración a la economía mundial; introducir reformas de mayor calado al funcionamiento al aparato estatal; modernizar el mercado laboral reemplazando el actual mecanismo de indemnización por años de servicio por una indemnización a todo evento; y mejorar las destrezas y habilidades de nuestra fuerza de trabajo. Esta lista -que no es exhaustiva, por cierto- agrupa propuestas bastante consensuadas en el ámbito técnico.
En lo que hay más debate es respecto del tipo de economía que nos va a permitir dar ese salto. Hay quienes insisten en que será necesario aumentar la “complejidad económica” de nuestra matriz productiva, agregar nuevos productos a la canasta exportadora, aumentar el valor agregado de lo que se exporta, proponiendo distintos modelos de política industrial digitados desde el Estado. Los ejemplos más citados como casos a emular suelen ser los de Corea y Taiwán, pero las estrategias de desarrollo no funcionan como un copy paste de otras experiencias, por cuanto cada caso reviste condiciones de contexto que no es posible soslayar.
“Que al final del día, más allá de políticas industriales con uno u otro sello, el denominador común en estos casos exitosos ha sido la existencia de una población con buen nivel de educación, y bien capacitada para su desempeño laboral”.
En lo que respecta a Corea, luego de la derrota de Japón en la Segunda Guerra el cuadro geopolítico cambió radicalmente en la zona, pero la presencia japonesa previa dejó una sociedad con un elevado grado de capital humano y con buena infraestructura. Y en el caso de Taiwán los japoneses entregaron el control de la isla después de su rendición en la Segunda Guerra, pero dejando una sólida herencia en términos de capital humano, que se vio fortalecida por el gran flujo de inmigrantes desde el continente chino.
¿Qué lecciones nos dejan estas experiencias? Que al final del día, más allá de políticas industriales con uno u otro sello, el denominador común en estos casos exitosos ha sido la existencia de una población con buen nivel de educación, y bien capacitada para su desempeño laboral. De lo contrario, no hubieran podido convertirse en líderes en la producción de semiconductores. Si aspiramos a emular a Corea y Taiwán, o a los países nórdicos, la mejor “política industrial” que podría aplicar Chile es la de concentrar los esfuerzos en mejorar la calidad de la educación partiendo desde las etapas más tempranas, para así poder contar con una fuerza laboral bien capacitada y con las habilidades requeridas para ir abordando los nuevos desafíos. Y luego de esto en forma natural irá aumentando la “complejidad” y el valor agregado de nuestra matriz productiva. Pero no es buena idea colocar la carreta delante de los bueyes.
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