Este jueves el mundo del fútbol se paraliza con el inicio del Mundial, la máxima fiesta deportiva del planeta. Estados Unidos será uno de sus anfitriones y recibirá a millones de espectadores. Pero mientras la pelota comienza a rodar, el anfitrión mundialero nos recordó que, fuera de la cancha, otra competencia seguirá desarrollándose con intensidad: la de los aranceles.
No bastó que la Corte Suprema haya estimado que el presidente Donald Trump se extralimitó en sus atribuciones en imponer los llamados aranceles recíprocos, para que la reacción fuera inmediata. Una nueva herramienta legal, la sección 301, para que 60 países—entre ellos Chile— para la aplicación eventual de aranceles de un 12,5% bajo el argumento de importar bienes producidos total o parcialmente mediante trabajo forzoso.
La estrategia de EEUU tiene mensaje claro: los aranceles llegaron para quedarse. La política comercial comienza a ser una nueva normalidad de la economía estadounidense, compartida por amplios sectores políticos y con ingresos fiscales para un fisco agobiado con su deuda pública. Detrás de esta agenda hay una convicción cada vez más extendida en la sociedad: el propio sistema económico internacional que construyeron hoy juega en contra de sus trabajadores e industrias.
“Chile sigue siendo un socio histórico y estratégico de Estados Unidos. El Tratado de Libre Comercio debe continuar siendo el eje central de la relación económica bilateral. Pero en un escenario donde las reglas del juego se vuelven más inciertas, el statu quo ya no vale”.
¿Por qué esta estrategia es equivocada? Los aranceles pueden ser políticamente atractivos, pero económicamente ineficientes. Actúan como un impuesto que termina pagando, en gran medida, el propio consumidor estadounidense. Distorsionan cadenas de suministro, elevan costos y reducen competitividad. Además, atacan síntomas más que causas. Los desafíos de productividad, innovación, capacitación laboral o competencia tecnológica difícilmente se resuelven levantando barreras comerciales. La evidencia histórica tampoco es alentadora: los períodos de mayor crecimiento global han coincidido con una mayor integración económica y no con el cierre de mercados.
¿Qué puede hacer Chile? El anuncio de posibles nuevos aranceles agrega presión a las negociaciones actuales de Cancillería con las autoridades estadounidenses. El grupo público-privado de apoyo al gobierno es una señal positiva que permite identificar de manera temprana los potenciales daños para las industrias chilenas y activar una estrategia de la mano con el sector exportador. En el plano político, debemos asumir que EEUU promueve una política exterior transaccional, más orientada a resultados concretos de corto plazo que a la construcción de alianzas duraderas.
Las empresas también enfrentan una tarea ineludible. ¿Cómo están incorporando estos shocks geopolíticos en sus procesos de decisión? ¿Qué capacidades internas están construyendo para anticipar riesgos regulatorios y comerciales? ¿De qué manera articulan una estrategia conjunta con gremios y autoridades? Existen casos exitosos, como importantes industrias brasileras en su proceso de negociación con Estados Unidos.
Chile sigue siendo un socio histórico y estratégico de Estados Unidos. El Tratado de Libre Comercio debe continuar siendo el eje central de la relación económica bilateral. Pero en un escenario donde las reglas del juego se vuelven más inciertas, el statu quo ya no vale.
Porque si algo enseña el fútbol es que los partidos importantes no se ganan por desesperación. Chile debe poner la pelota al piso, preparar bien el partido y jugarlo con inteligencia, sin la ansiedad de cerrar un acuerdo cuyos efectos puedan resultar difíciles de revertir en el futuro.
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