Estados Unidos: la superpotencia ambivalente
JUAN IGNACIO BRITO Profesor Facultad de Comunicación e investigador del Centro Signos U. Andes
Pese a que las intensas emociones que despierta la figura de Donald Trump tienden a contaminar el análisis sereno, la efeméride de los 250 años de la Declaración de Independencia de Estados Unidos ofrece una oportunidad para reflexionar sobre el rol del “gigante inquieto”, como llama el historiador James T. Patterson al coloso norteamericano.
Quizás lo primero que resulta necesario subrayar es la complejidad que supone Estados Unidos, en especial porque se trata de un país muy influyente que combina, como quizás ningún otro, la promoción de ideales elevados con el despliegue crudo de la fuerza. En muchas dimensiones, EEUU puede ser entendido como la “luz sobre la colina” a la que aludió en el siglo XVII el pastor John Winthrop ante los “peregrinos” puritanos que se dirigían a fundar una Nueva Jerusalén en Massachusetts: un ejemplo inspirador para incontables naciones, que distinguen en él un paradigma para el fomento de bienes como la libertad individual, la prosperidad económica, el equilibrio de poderes o el rechazo a la tiranía. Sin embargo, también es y ha sido una potencia que “habla suave y lleva un gran garrote”, como alguna vez recomendó el presidente Theodore Roosevelt. Una superpotencia que no duda en actuar de manera prepotente y arbitraria cuando percibe amenazas u oportunidades para sus intereses fundamentales.
Por lo mismo, es posible afirmar que EEUU es una suerte de paradoja. Un “imperio de libertad”, como lo describió en los primeros días de la república el presidente Thomas Jefferson. O una “superpotencia ambivalente”, según lo caracterizó en uno de sus últimos libros el perspicaz Henry Kissinger. Un país capaz de identificar sin problemas ni complejos sus altos ideales con su muy concreto interés nacional.
“Resulta necesario subrayar la complejidad que supone Estados Unidos, porque se trata de un país muy influyente que combina la promoción de ideales elevados con el despliegue crudo de la fuerza”.
A menudo juzgado, pero pocas veces analizado, ese país vive hoy en medio de la incertidumbre. Aunque muchos se apresuran a descartar a su actual presidente como una rareza que contradice el programa y los valores norteamericanos, lo cierto es que la inquietud que despierta Trump no significa una ruptura, sino un retorno a tradiciones postergadas.
Desde la Segunda Guerra Mundial, Washington abrazó un modelo que promueve una amplia participación en los asuntos mundiales para desplegar el ideario democrático que lo caracteriza. Sin embargo, aunque a muchos les parece que la identidad norteamericana consiste exactamente en esa propuesta, la historia muestra que el “modelo wilsoniano” (por el presidente Woodrow Wilson) desplegado a partir de 1945 es solo uno entre varios: el aislacionismo de Jefferson, el populismo de Andrew Jackson y el nacionalismo económico de Alexander Hamilton han sido identificados por historiadores y cientistas políticos como otras propuestas trascendentes a lo largo de la trayectoria del experimento norteamericano.
Claramente, Trump ofrece una mezcla jeffersoniana-jacksoniana-hamiltoniana que contradice la idea liberal de Wilson, pero eso no significa que sea menos estadounidense.
La inquietud norteamericana actual consiste, precisamente, en la ruptura del consenso liberal progresista que inspiró a Washington en las últimas décadas. Un quiebre del cual Trump es un síntoma y no una causa. Estados Unidos registra hoy, como afirma el analista Charles Kesler, una disputa entre “dos constituciones”: una liberal progresista y otra conservadora. Ese debate aún no llega a su fin y se halla en la base de las incertidumbres que rodean la actuación doméstica y a nivel global de la superpotencia ambivalente.
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