La conversación que Chile no puede postergar
TATIANA MOLINA Y EVAN EPSTEIN COPRESIDENTES DEL CONSEJO CHILE-CALIFORNIA
Hace pocos días compartimos una semana en Silicon Valley junto a una delegación chilena de 46 personas, convocada por el Consejo Chile-California. Recorrimos más de diez organizaciones líderes en inteligencia artificial (IA). Nos acompañaron autoridades, parlamentarios, académicos, empresarios y la sociedad civil.
Nos quedó una pregunta pendiente: ¿discutimos sobre la IA con la urgencia que merece? Existen iniciativas valiosas, pero todavía no le damos la prioridad que esta transformación exige.
Lo que vimos en California no fue una vitrina de productos nuevos. Hoy la IA ejecuta tareas, simula entornos completos y empieza a moverse en el mundo físico. Esa transición trae preguntas concretas para un país como Chile. Qué datos abrimos y bajo qué reglas. Qué modelos usamos y con qué grado de soberanía tecnológica.
“La IA da origen a nuevas formas de interacción entre personas y agentes, en mercados donde agentes actúan como consumidores y productores. Esto plantea desafíos de productividad, equidad y competencia para la política pública”.
En cada reunión se repitió una idea, casi como una advertencia amable: todavía nadie tiene todas las respuestas, ni las universidades, ni las empresas, ni los gobiernos.
En Stanford escuchamos que los resultados aparecen cuando las organizaciones rediseñan sus tareas y su forma de trabajar, más allá del simple acceso a una herramienta. La transformación real exige una modificación profunda en la manera de operar.
Hay un cambio económico de fondo. La IA da origen a nuevas formas de interacción entre personas y agentes, en mercados donde agentes actúan como consumidores y productores. Esto plantea desafíos de productividad, equidad y competencia para la política pública. Es un fenómeno global, y ya ocurre aquí.
También nos quedamos con una mirada más optimista sobre el futuro del empleo. La discusión apunta más a la transformación de las tareas dentro de cada profesión, con un espacio donde el juicio, la ética y el vínculo humano son insustituibles.
En Nvidia y Microsoft, por ejemplo, el mensaje fue que la ventaja competitiva dependerá de datos propios, talento y cultura de adopción tecnológica. Chile ya tiene un activo así, y no siempre lo valoramos.
En Silicon Valley notamos que la academia, el Estado, el capital y las compañías dialogan entre sí de manera constante y natural. Esa interacción explica gran parte de su ventaja.
El Consejo Chile-California nació hace quince años, primero en agricultura y medioambiente, y ahora con su primera misión dedicada a la IA. Para nosotros, que conectamos Chile y California, la conclusión fue clara. La conversación transversal que tuvimos esa semana vale la pena sostenerla también en casa.
El rol que Chile quiere tener en esta etapa de la IA es una discusión que no puede esperar. Este cohete ya partió. La pregunta que importa es qué lugar queremos ocupar en su trayectoria. Postergarla tiene un costo difícil de recuperar.
Nos queda una convicción. Lo vivido en California no puede quedar en el recuerdo de un buen viaje. Los desafíos y las oportunidades de la IA merecen un lugar cada vez más central en la conversación nacional. Desde el Consejo Chile-California, queremos que este sea el primero de muchos encuentros.