IA: riesgos globales
La inteligencia artificial (IA) de frontera —concepto que comenzó a utilizarse a mediados de 2023 para definir a los modelos más avanzados y con capacidades potencialmente peligrosas— progresa hoy a una velocidad que ha puesto bajo presión la capacidad regulatoria de los Estados. Ese desfase ha generado alarma entre los gobiernos, los reguladores financieros y las propias empresas de IA, que advierten que la tecnología podría desarrollar capacidades autónomas capaces de ser dañinas para los mercados e incluso para las personas.
El presidente del Banco de Inglaterra y del Consejo de Estabilidad Financiera, Andrew Bailey, advirtió en agosto a los ministros de Finanzas del G20 que la IA de frontera es la “preocupación más inmediata” para la ciberseguridad financiera global. El 12 de septiembre, el cofundador y CEO de Anthropic, Dario Amodei, reforzó esa preocupación en el ensayo We Must Pace the Frontier, al advertir que los enjambres de agentes podrían orquestar ciberataques autónomos a gran escala, y comprometió a su compañía a dar acceso a evaluadores externos para que supervisen estos desarrollos, planteamientos que también han sido respaldados por Sam Altman, de OpenAI, y Elon Musk.
Entre ambos eventos, el investigador Jacob Coxon renunció a Anthropic tras advertir que esta y OpenAI “jugaban” con el futuro de la humanidad al competir por una superinteligencia automejorable, confiando en que la regulación frenará la irresponsabilidad de su rival. La renuncia ocurre mientras Anthropic prepara su debut bursátil, que podría producirse en octubre, operación para la cual se apunta a una valoración superior a US$ 2 billones (millones de millones), y días después de conocerse un incidente en OpenAI con agentes de IA coordinando esfuerzos para eludir controles de seguridad.
La inteligencia artificial de frontera progresa a una velocidad que presiona la capacidad regulatoria de los Estados.
La discusión que está llevando a cabo el sector tecnológico coincide con la mirada expuesta en el ChileDay de Madrid por la presidenta de Banco Santander, Ana Botín, aunque desde la perspectiva macroeconómica. En un mundo que muta a una velocidad que las instituciones no logran asimilar, Botín describió una transición global desde una economía organizada en torno a la eficiencia hacia otra en la que la seguridad y la autonomía estratégica pesan cada vez más, caracterizada por la fragilidad y la fragmentación.
Y esa fragilidad ya se está apreciando de manera concreta en el mercado de renta fija. Para financiar los centros de datos que necesita la IA, la industria tecnológica ha debido endeudarse a un ritmo inédito. Los prestatarios ligados a la IA han levantado cerca de US$ 500 mil millones en deuda este año, mientras Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft proyectan un capex 2026 cercano a los US$ 750 mil millones. State Street Global Advisors advierte que el mercado ya empieza a calibrar el riesgo. En tanto, los spreads de esos bonos se ampliaron desde diciembre, en parte por el financiamiento fuera de balance y por el descalce entre deuda a 20 años y equipos que quedan obsoletos en cinco.
El dilema es real, ya que la economía global necesita las ganancias de productividad que promete la IA para revertir su atonía, pero dejar que la frontera avance sin control, con parte de su financiamiento fuera del radar regulatorio, amenaza las mismas defensas que la sostienen. Para una economía pequeña y abierta como la chilena, una corrección global asociada a estos riesgos podría transmitirse a través de los mercados financieros y de un mayor costo de financiamiento, a lo que se suman los impactos reales que esta tecnología podría tener en ciberseguridad e incluso en el bienestar de las personas.