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Columnistas

Podemos desalar agua ¿y después qué?

Por Carla Tapia, consultora en gestión hídrica, agua y energía #SoyPromociona

Por: Carla Tapia

Publicado: Viernes 11 de septiembre de 2026 a las 10:00 hrs.

Podemos llevar agua desde el mar. La pregunta es qué haremos con ella cuando llegue a su destino. Y además, ¿cómo definimos ese destino? Estudios indican que, en 2034, cerca del 68% del agua utilizada por la minería del cobre provendrá del mar. Es una cifra importante. Y, sin embargo, no es la que más me hace ruido.

Me pregunto otra cosa: ¿estamos construyendo solamente plantas desaladoras o aprovechando esta transformación para construir verdadera seguridad hídrica? La Ley 21.813 es un avance. Era necesaria. Pero una ley no conecta por sí sola una planta con una comunidad, no construye una conducción, no coordina instituciones ni consigue que quienes toman decisiones distintas miren una misma cuenca como un sistema. Y muy probablemente ahí está el desafío que viene.

Podemos tener la tecnología para llevar agua desde el océano hasta el territorio y, aun así, seguir tomando decisiones como si cada proyecto, institución y usuario existieran por separado.

Lo he visto durante años trabajando en agua y minería. Los chilenos somos muy buenos resolviendo problemas complejos de ingeniería. Diseñamos infraestructura, impulsamos agua a grandes alturas y encontramos soluciones donde la disponibilidad hídrica es cada vez más crítica. Pero muchas veces la conversación sobre cómo esa nueva fuente se integra al territorio ocurre después.

La nueva ley vincula la desalación con la planificación de las cuencas y permite que determinados proyectos aporten hasta un 5% de su capacidad al consumo humano o saneamiento. Pero abre preguntas concretas. ¿Cómo llegará esa agua a las comunidades? ¿Quién financiará la infraestructura necesaria? ¿Cómo se coordinarán instituciones, empresas y territorios?

Debemos cambiar el orden. Mirar primero la cuenca, entender sus necesidades y luego preguntarnos qué infraestructura necesitamos. Una desaladora puede abastecer una operación, reducir presión sobre fuentes continentales, apoyar sistemas vulnerables y generar colaboración entre usuarios.

Eso exige planificación y conversación. Las comunidades conocen sus territorios y vulnerabilidades. Incorporar esa mirada antes de diseñar puede hacer mejores proyectos y evitar que sigamos resolviendo cada necesidad por separado.

Chile ya está haciendo una inversión enorme para llevar agua desde el mar. Tenemos la oportunidad de decidir qué queremos conseguir con ella. Quizás en 10 años no deberíamos preguntarnos cuántas plantas desaladoras construimos, sino cuántas cuencas son más seguras gracias a ellas.

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