La Moneda se va a aplicar esta semana a contar, chequear y rechequear uno por uno cómo votarán los diputados de derecha ante una nada descartable acusación constitucional contra el ministro Fernando Rabat.
Es uno de los apremios del Comité Político ante el vuelco de escenario por el escándalo de las rebajas de penas a 56 condenados por delitos sexuales contra menores de edad y a dos presos de Punta Peuco. En apenas tres días y fracción, esto tiene al gobierno y los suyos en riesgo de enfrentar intestinas consecuencias ante la posibilidad de que el titular de Justicia pierda su cargo.
Aunque en la pública Palacio y los suyos no van ni pueden hacer otra cosa que respaldar a rajatabla a Rabat, la situación ahora ha dado suficientes señales de una colisión interna o al menos riesgo de que los resquemores internos ya acumulados durante estos meses se terminen expresando en una división a la hora votar -si esto ocurre- un libelo contra Rabat en la Cámara de Diputados.
Una pausa antes de zambullirnos. Dándole una cuota de crédito a Palacio y los suyos si es que logran sofocar este nuevo siniestro -al menos en el anillo del Presidente Kast aseguran que se están empeñando-, sépase que este embrollo vuelve más candente el asunto que veníamos conversando con dirigentes, parlamentarios y actores del sector durante la semana: el riesgo de un desfonde político del gobierno.
Eso no ha ocurrido aún. Pero el diagnóstico casi grita que es hora de auscultar indicios como el desorden, las críticas a la organización del poder (el “diseño”) sin la cual puchas que cuesta alinear a los propios. Y las malditas encuestas.
En su octavo mes, el Gobierno ha perdido hasta el tercio. La semana arrancó con sus peores números ever: 28% v/s -60% (Criteria) o 30% v/s -65% (Cadem), el gabinete cayendo, el pesimismo ante el futuro del país disparado (68%) y para qué decir la crisis laboral. Persisten ripios entre ministros; un gabinete que ahora filtra sus discusiones por chat; la cuestión del Segundo Piso, un Presidente que parece dejar hacer a su equipo, el arranque del Presupuesto, la crisis económica y demases que no caben en este párrafo.
El Caso Rabat es asumido como un grueso error que exacerba los reclamos por falta de oficio político. Hasta el jueves recalcaban en Palacio que él era muy bien valorado, metódico, disciplinado y hasta apreciado por la oposición. Que ni pensar en sacarlo. Un click y medio después, no se niega que esto puede terminar con él fuera. Y como están las cosas entre republicanos y Chile Vamos, entre los partidos y el gobierno -y para qué seguir-, esto tiene cara de candidato a worst case scenario.
Palacio pide “templanza”
Como sabemos, esto agarró acelerante el viernes cuando el ex ministro de Justicia de Sebastián Piñera y presidente de la Fundación Jaime Guzmán, Hernán Larraín Fernández, colgó en su cuenta de X un comunicado que contradecía la versión de Rabat acerca del asunto del criterio de la Corte Suprema respecto de las rebajas de condenas: que ésta “tuvo criterios distintos”.
Después: “Qué valioso habría sido tener vigente esta ley en la época de Paul Schafer, no crees Hernán?”, le retrucó el jefe Republicano, Arturo Squella. Y luego el de Evópoli, Luciano Cruz-Coke: “Arturo, diriges el partido del Presidente. Un mínimo de prudencia exige dominar este exabrupto de ira. Lamentable ventilar todo por acá. Así no se necesita oposición”.
La interna oficialista se volvió lava. Squella y Cruz-Coke también estaban dialogando en privado, lo mismo con otros dirigentes. Circulan versiones de que le habrían pedido bajar el posteo, cosa que no pasó. En fin. Por lo que se sabe, hasta entrada la tarde de ayer las posturas eran casi irreconciliables.
Eso sí, hubo un matiz al día siguiente del tiroteo Squella / Cruz-Coke, en cuyo derredor circuló profuso debate.
A las 16:22 de ayer sábado, el comandante UDI Guillermo Ramírez avisó por X que “He recibido una llamada del presidente del partido Republicano, Arturo Squella, en el que se ha disculpado por su publicación. Además, me ha dicho que se comunicará personalmente con el ex senador Hernán Larraín, para ofrecer sus disculpas. Agradezco sinceramente el gesto y reitero nuestro compromiso para sacar juntos la tarea que los chilenos nos han encomendado”.
Otra cosa es la vieja pregunta de si el daño -quien quiera que haya sido- ya estaba hecho o no. Más de una hora después del posteo de Ramírez (17:48, cuando se actualizó esta versión del artículo que lee), el de Squella seguía arriba: más de 289 mil visualizaciones.
Al menos poco antes de ese movimiento, en el partido fundado por Kast se reclamaba que a Larraín nadie le pidió decirlo (el exministro sostuvo que fue por consultas de prensa). Y que Squella, como lo hizo con el caído exsubsecretario de Hacienda Juan Pablo Rodríguez, defenderá posiciones que le parecen correctas, que actitudes como la de Larraín no se pueden dejar pasar. El reverso en parte de Chile Vamos es que no se puede caer en el error de volverlo público y encender la pradera, y que es el enésimo gesto de hostilidad contra el colectivo de la derecha “tradicional”.
En caso de acusación
Como la oposición quiere citar a Rabat a una sesión especial para este miércoles 28, eso depende de que se apruebe en sala y de la fecha que fije el presidente de la Cámara; eso se zanjaría mañana lunes. De concretarse, deberá asistir. El mismo día la oposición anunciará si lo acusarán o no.
La Moneda prefiere que la sesión especial ocurra ese miércoles y no dilatar.
A Rabat le han instruido que es la oportunidad para aclarar los temas con objetividad jurídica y desescalar el riesgo de una acusación. ¿Lo están entrenando, haciéndole coaching? No es necesario, afirman, él tiene que ser capaz de ponerle cordura a esto.
Pero se admite que entre hoy y el miércoles va ser duro, que hay gente con rabia. Palacio pronostica que seguirán apareciendo testimonios muy difíciles de contrarrestar, de explicar con racionalidad. Es muy probable, agregan, que políticamente haya que absorber ese daño.
En la sesión especial del miércoles puede que la oposición se de un festín, prevén.
Por eso se contará, chequeará y rechequeará uno por uno cómo votarán los diputados de derecha. El objetivo es evitar que Rabat caiga con votos propios. El punto es crítico: se prevé que la defensa a un ministro de gobierno se cruce con la narrativa de que quien rechace el libelo está favor de beneficios a condenados por delitos sexuales, y que quien vote a favor de acusar a Rabat, lo contrario.
El Presidente le habría transmitido a Rabat que siga firme, pero la vida es dura. Un escenario, dice un dirigente que lo respalda, es que él mismo calibre el daño para el gobierno y renuncie antes de la acusación. En La Moneda manejan otros. Uno: llegar a la Cámara, y si pierde, que renuncie ahí como lo hizo el exministro del Interior Víctor Pérez (2020). Dos: salvarlo en el Senado.
Lo malo es que si Rabat cae (o aunque se salve, si hay votos cruzados), lo más probable es que las derechas -con los apellidos que quieran- se enfrasquen en un intercambio de dimes y diretes que agraven la sintomatología de desfonde. Desfonde, recordemos, es cuando un gobierno pierde y pierde apoyo popular hasta que la lealtad de sus votos en el Congreso queda en duda o se quiebra.