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Columnistas

La decisión de creer en el futuro

Por Carla Muchnick, gerenta de asuntos corporativos de Déficit Cero #SoyPromociona

Por: Carla Muchnick

Publicado: Viernes 26 de junio de 2026 a las 10:00 hrs.

En Chile hablamos de “crisis de natalidad” y ya sabemos que no es solo una impresión: en 1960 una mujer tenía en promedio 5,4 hijos y hoy esa cifra ronda un hijo, una de las tasas más bajas del mundo. En 2024 se registraron 154.441 nacimientos, un 44% menos que hace 30 años, y el INE proyecta que en los próximos años tendremos más defunciones que nacimientos.

Esas cifras no son una estadística más. Detrás de ellas hay algo sencillo: personas que se preguntan si el país donde viven está preparado para acompañarlas si deciden tener hijos. Y ahí es donde las políticas públicas -esas estructuras que muchas veces sentimos lejanas- pueden hacer una diferencia muy concreta, ahora, no solo en un futuro indefinido.

Vivimos cambios culturales profundos: jóvenes que buscan otras formas de vida, mujeres que deben cargar solas con la crianza, proyectos de vida menos centrados en la familia tradicional. Es probable que estos cambios sigan empujando hacia familias más pequeñas y diversas. Pero precisamente por eso aparece una constante: cuando quienes sí desean tener hijos miran el entorno material, lo que ven son arriendos que se comen el sueldo, trabajos que dejaron de conversar con la vida familiar, sistemas de cuidado insuficientes y un Estado que suele llegar tarde. Es difícil pedir más hijos en un país que todavía no se hace cargo de cómo se vive, se trabaja y se cuida.

La Encuesta Bicentenario 2024 recoge que dos de cada tres mujeres que ya tienen hijos dicen que no pueden tener más porque “hace más difícil que la mujer trabaje”, y un 41% siente que Chile “no apoya a las mujeres para tener hijos”. A eso se suma algo muy concreto: estudios de costo de crianza calculan que vivir con niños implica un gasto mensual 35% más alto que un hogar sin menores, con diferencias que llegan hasta un 75% más en los quintiles de mayores ingresos.

La natalidad también es un indicador de confianza. Nadie planifica un proyecto de 20 años cuando siente que vive resolviendo el próximo mes. Tener un hijo siempre implica imaginar un futuro, y esa imaginación depende, en parte, de que existan condiciones para creer en él.

Entonces, ¿qué señales podríamos dar hoy como país para que alguien sienta que este es un buen lugar donde traer un hijo al mundo? No hace falta prometer soluciones mágicas. Lo que sí podemos hacer es comprometernos a hacernos cargo del camino; contar con espacios de cuidado cerca de donde se vive, tener reglas claras de conciliación laboral, acceder a una salud reproductiva accesible y respetuosa, asegurar que el trabajo reconocerá la crianza como parte legítima de la vida y que la vivienda dejará de ser un lujo y pasará a ser el lugar en que impulsar el futuro.

Por cierto, no es garantía de que todas las personas quieran tener hijos, pero sí puede hacer que quienes los desean no sientan que están siendo empujados entre la espada y la pared.

Un país que decide asegurar un techo donde crecer, tiempo para cuidar, barrios habitables y condiciones de trabajo decentes está diciendo, sin grandilocuencia, que se prepara para recibir a sus niños. Esa es una forma mucho más honesta de enfrentar la baja natalidad: no apelando solo al deber moral de tener hijos, sino demostrando, en la práctica, que aquí vale la pena hacerlo.

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