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Claudio Alvarado

A propósito de liberales y conservadores

Claudio Alvarado R. Director ejecutivo IES

Por: Claudio Alvarado | Publicado: Miércoles 24 de julio de 2019 a las 04:00 hrs.
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Según se ha visto en diversos medios de comunicación (incluyendo estas páginas de opinión), la visita de Patrick Deneen a Chile y su tesis relativa al fracaso del liberalismo agudizó la discusión sobre esta corriente de pensamiento.

En este contexto, han asomado matices y precisiones importantes. Tal como advirtiera el historiador Juan Luis Ossa, es pertinente distinguir entre la historia de las ideas y el modo específico en que dichas ideas –como el liberalismo– se encarnan en categorías políticas concretas. Sin ir más lejos, en nuestro país la distinción entre conservadores y liberales no es fácil de trazar; basta recordar a figuras como Andrés Bello o Abdón Cifuentes.

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Pero así como la trayectoria histórica nos invita a diferenciar esta clase de conceptos –hay liberalismos de diverso tipo–, también nos conduce a reconocer otras realidades. Por ejemplo, que ciertos principios muy compartidos y habitualmente tildados de liberales (igualdad ante la ley, separación de poderes, etc.) tienen, en rigor, un origen preliberal. En ese sentido, las alianzas entre liberales y conservadores no se explican únicamente por la capacidad de adaptación de estos últimos, sino también por su fidelidad con elementos de más larga data.

Todo esto es relevante, entre otras razones, por sus consecuencias políticas. Hoy suele asumirse que tanto el oficialismo como La Moneda deben no sólo equilibrar las sensibilidades liberales y conservadoras que cohabitan en su interior, sino también pensar ese equilibrio en función de “los tiempos que corren”. Esto, en buen romance, significaría abrazar lógicas y posturas progresistas –o que al menos tiendan a ello– en materia moral y cultural.

Sin embargo, vale la pena preguntarse si las versiones más recientes del liberalismo no rompen con postulados centrales para la tradición política liberal más amplia; postulados cruciales para su convivencia con otras sensibilidades. Desde luego, un reaccionario nostálgico del antiguo régimen y escéptico de todo orden democrático difícilmente podría pactar con quien valora las instituciones del liberalismo político. Pero, ¿acaso no existe un problema tanto o más significativo con un liberal progresista partidario de todas las emancipaciones posibles? ¿Cómo podría integrar en forma coherente una coalición con componentes conservadores, nacionales o socialcristianos quien, por ejemplo, rechaza la existencia de vínculos familiares o sociales robustos?

Precisamente porque entre el progresismo más disruptivo y el denominado liberalismo clásico hay distintas expresiones, no es para nada seguro el lugar que debiera ocupar el liberalismo progresista en una alianza política como Chile Vamos. Por lo demás, promover que las personas sean protagonistas de su propio destino jamás ha implicado abrazar aquel progresismo.

Las dudas se acrecientan si consideramos los tiempos que efectivamente corren. Mientras en Chile el ensueño del “centro liberal” hasta ahora mostró su potencial electoral de la mano de las fallidas apuestas de Amplitud y Ciudadanos, en el mundo despuntan alternativas iliberales que se alimentan –entre otras cosas– de la renuncia de vastos sectores de centro y de derecha a defender la antropología usualmente constitutiva de este lado del espectro. Guste o no, tal antropología ofrece claros puntos de encuentro entre liberales clásicos, conservadores democráticos y socialcristianos de posguerra, pero es ajena al progresismo más recalcitrante.

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