Guillermo Tagle

Abusos, intolerancia, impunidad, desorden, violencia, inseguridad, infelicidadN

Por: Guillermo Tagle | Publicado: Viernes 17 de junio de 2016 a las 04:00 hrs.
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La convivencia en el planeta está cada vez más difícil. Las escenas de violencia en Estados Unidos, en Francia, en el Estado Islámico, nos impactan con fuerza y causan conmoción. Las crisis de migración, los miles de perseguidos que no encuentran refugio, los actos de terrorismo global, son cada día más frecuentes.

Hasta hace poco, cuando esos cuadros de violencia llegaban a Chile, nos impresionaban y dolían. Pero al mismo tiempo, nos generaba una sensación de protección y tranquilidad el sabernos resguardados por la distancia, por las barreras geográficas y también por que vivíamos en una patria privilegiada, que luego de tortuosos años de inestabilidad política, social y de subdesarrollo, en la década de los 90 había logrado generar un ciclo virtuoso de progreso y madura convivencia.

Que grato era sentirnos “especiales” como nación. Teníamos problemas, había dificultades, también injusticias que requerían solución. Pero había orden público, respeto a la Ley, a la opinión ajena, a la verdadera diversidad, a la autoridad legítima, respeto al prójimo y al derecho a disentir. Si, había también renuncia, había también postergados, injusticias y desigualdad. Pero por sobre todas las cosas, había un espíritu de nación moderna, progresista y que brindaba oportunidades. ¿En qué momento empezó el desmadre? ¿Cómo ocurrió que de pronto pareciera que se acabó el optimismo y las ganas de luchar para surgir? ¿En qué momento se popularizó la idea de que tenemos derecho a recibir sin obligación de dar?

En esta patria orgullosa, progresista valiente y audaz, de pronto empezamos a mirar más “la paja en el ojo ajeno, que la viga en el propio”. Surgieron casos de abusos y malas prácticas que pudieron haber sido juzgados y penalizados por la institucionalidad vigente, aplicando todas las penas posibles para quienes fuesen culpables. Sin embargo, junto con eso empezó a cundir la sensación de infelicidad. Se consagró masivamente el concepto de que la desigualdad era un problema mucho más grave y mayor, que el nivel absoluto de bienestar que cada uno hubiese podido alcanzar. De a poco, aquel ciudadano que se sentía orgulloso de tener a un hijo en la Educación Superior, se sintió abusado por lo que pagaba respecto de la calidad recibida. Quien soñaba con obtener un crédito para salir de vacaciones, empezó a sentir era injusto otros tuviesen dos o tres viviendas. Quien estaba feliz porque en su barrio se había instalado un centro comercial, empezó a sentir que esa “mole de cemento” le molestaba a la vista y lo motivaba a gastar más de lo que podía acceder. Esa súper farmacia, que estaba abierta las 24 horas y era bonita y moderna, se convirtió en abusadora. Por último, esa gran institución que es Carabineros de Chile, que nos brinda seguridad, protección y confianza, empezó a ser cuestionada por su actuar y con ello, limitada en su fuerza y libertad para ejercer y mantener el orden público. Por lo que se observa en las redes sociales, pasamos de ser una sociedad feliz, solidaria y motivada, a ser un conjunto de energúmenos, intolerantes, discriminadores, insatisfechos, preocupados mucho más de la satisfacción egoísta y reducida de nuestro propio ser y cada vez menos del prójimo, del que está al frente, del que recibe los insultos que proliferan en estos medios.

Esto tiene que parar. No da para más. Somos muchos más los que queremos progresar en paz que los que quieren entrar al templo y cometer sacrilegio. En el pueblo Mapuche, son muchos más los que quieren vivir su cultura en paz, que los que quieren quemar templos, casas y fuentes de trabajo. En las calles de la ciudad son muchos más los que quieren y están dispuestos a pagar por un buen servicio de transporte público, que los que prefieren romper las máquinas y no pagar. Son muchos más los trabajadores que están contentos y quieren que su empresa crezca y le vaya mejor (para poder también ellos progresar), que los que ven su trabajo como una fuente de conflicto social que requiere organizarse para combatir y conseguir más beneficios. En educación, son muchos más los que quieren aprovechar el tiempo para estudiar y crecer en la vida, que los encapuchados que salen a destruir y amedrentar. En el mundo empresarial, son muchos más los que quieren hacer buenas empresas para generar valor, bienestar y progreso social, que quienes lo hacen para abusar del más débil y extraer ganancias indebidas.

Ya basta. Porque somos muchos más los que queremos el bien no podemos ser derrotados por unos pocos que buscan y provocan el mal. Tenemos que poder organizarnos, dialogar, buscar puntos de encuentro, promover la tolerancia en las discrepancia, construir puentes y recuperar confianzas, sin las cuales no volveremos a ser el país moderno, justo y progresista que soñábamos alcanzar y en el que estábamos viviendo, cuando de pronto se desbocó el desmadre.

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