Javier Zabala

Un nuevo contrato moral, la inversión de roles

Javier Zabala, director Luminis Consejeros

Por: Javier Zabala | Publicado: Viernes 25 de agosto de 2017 a las 04:00 hrs.
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La economía está deprimida a niveles no vistos en décadas, pero el mercado se adapta y ya hay indicadores anticipatorios que nos dicen que desde el 2018 podríamos revivir de alguna forma la situación de 2010. En esta eventual nueva pequeña bonanza ¿servirá el mismo estilo de gestión empresarial que reinó hasta ahí, o un gerente se puede anticipar en cambiarlo?

En lo económico, el consumo privado, los ingresos laborales y la confianza del consumidor mantienen una tendencia al alza. También, tras el bajón post efecto IVA, la venta de viviendas y los permisos de edificación suben algo. Por otro lado, un cobre llegando a niveles 2009 también impulsará la producción, y el mercado ya se anticipa aumentando la contratación de sondaje, y la importación de maquinaria y vehículos de carga. Y, sumado a lo anterior, en lo político es probable que el 2018 tengamos al mismo presidente que el 2010.

Entonces, la tentación de un gerente puede ser mantener las prácticas gerenciales que fueron efectivas desde prácticamente 1960. En ese período el mercado fue más o menos predecible, y -según los académicos Ghoshal y Bartlett, de los MBA de Londres y Harvard- para ser efectivo bastaba que un gerente: uno, fijara una estrategia; dos, estableciera una estructura para su ejecución; y tres, implantara sistemas de comando y control. En esa circunstancia el contrato laboral implícito era: “Yo como empleador sé para dónde va la cosa y te aseguro tu trabajo, y a cambio te pido tu lealtad como empleado”.

Pero este escenario 2018 con apariencia 2010 convivirá con una economía siendo creativamente destruida por la tecnología, y una sociedad transformada a escala mundial. Estos académicos nos muestran que en respuesta, empresas altamente innovadoras y ágiles como 3M, Sanofi o Google se dieron cuenta que este entorno ambiguo se puede enfrentar yendo más allá de los tres pasos anteriores, sumándole: cuatro, un propósito relevante a la firma; cinco, el despejar y facilitar los procesos de negocio; y seis, capacitar fuertemente a las personas. De esa forma la responsabilidad se invierte, y el nuevo contrato implícito toma una forma tipo “te empodero como empleado para responsabilizarte de la competitividad de la firma y de tu propio aprendizaje, y como empleador apoyo tus iniciativas intra-emprendedoras y aseguro no tu empleo, pero sí tu empleabilidad”.

En concreto, este nuevo contrato moral exige a veces cambiar y a veces sumar ejes de referencia: de ser puramente racional a ser también movilizador, de solo dar instrucciones y repartir tareas a saber preguntar y coachear a su gente; o de evitar el conflicto a ser honesto e inclusivo en buscar soluciones. En suma, de tener el comando y el control, a empoderar y confiar.

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