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Un día decisivo

Ricardo Solari Ex ministro, miembro del comando del NO

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La importancia del triunfo del NO es que hizo posible el tránsito a la democracia. Una oposición diversa y activa, resuelta a derrotar al régimen en sus propias reglas y una intensa presión externa para terminar con la dictadura, definieron el comicio de 1988.

El dato principal es que el 5 de octubre de ese año concurrieron a votar 7.251.000 chilenos, sobre una población de 12 millones y medio de habitantes. En las pasadas elecciones presidenciales de 2017, en la segunda vuelta apenas siete millones de ciudadanos asistieron a las urnas sobre una población de más de 17 millones.

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El cinco de octubre de 1988 se transformó en un hito relevante de nuestra historia republicana, porque ese dilema histórico se resolvió con la participación activa de todos los chilenos, sin excepciones ni abstenciones. De allí se explica, de manera muy relevante, el comportamiento seguido por todos los actores políticos, en esa misma jornada y en los meses siguientes.

Esa alta participación, por excepcional e irrepetible, establece que el triunfo de la opción NO no permita explicaciones fáciles ni simplificaciones, como las que se intentan por izquierdas y por derechas habitualmente, porque este resultado surge de una construcción social, política y cultural, multiforme y altamente compleja. Muchas veces, muchos chilenos hemos tenido que relatar en otros países esta campaña, por única e inédita.

El 44% obtenido por la opción SÍ habla con claridad de la fuerza política, no sólo militar, que conservaba la dictadura al momento del plebiscito. Ese es el dato. Aunque no existan dudas de que su hipotético triunfo nos hubiese conducido a una dinámica de polarización y conflictividad, lo evidente es que en muchas elecciones presidenciales posteriores a 1988, el promedio de la votación de la centroderecha ha girado en torno a ese número.

El plebiscito estableció un parteaguas en la política chilena, prolongado en principio por la activa participación de Pinochet en política y por el negacionismo en materias de derechos humanos de la derecha. Pero este parteaguas, de alguna manera favorable a la centroizquierda, comienza a desdibujarse y desaparecer. ¿Qué ha contribuido a este cambio?

En primer lugar, el inexorable paso del tiempo y la incursión en política de generaciones que no estaban activas en 1988. De esa sub-45 que no tenía edad para votar el 5 de octubre. En segundo lugar, porque el líder más importante de la derecha en la última década, Sebastián Piñera, ha registrado como un patrimonio político haber votado por el NO. En tercer lugar, porque sectores de Chile Vamos han expresado una visión autocrítica de la conducta de la derecha respecto de las violaciones a los derechos humanos. Y en cuarto lugar, por el fin del sistema binominal, lo que hace plural —no binaria— la representación parlamentaria.

Del lado de la oposición, la gesta del 5 de octubre, más allá de la nostalgia, queda como un modelo de narrativa y organización política, construida sobre umbrales muy altos de amplitud y disciplina estratégica, muy alejados de la práctica actual, intensiva en fragmentación y escasez discursiva. Quizá las remembranzas de estos días les sean útiles. Para ello es crucial tener una aproximación rigurosa a las tensiones y complejidades de esos tiempos, las que fueron resueltas con cuotas mayores de generosidad y pragmatismo. Y no sólo para felicitarse de los éxitos pasados, sino también para comprender bien las dificultades que hubo que enfrentar.

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