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Editorial

Cumbre COP25: lo que se debe esperar (y evitar)

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n su columna del pasado viernes en DF sobre la cumbre mundial del cambio climático que se realizará a fin de año en Chile, Fernando Barros lamenta que el mundo empresarial “aparezca validando, al concurrir a financiarlo”, un evento como la COP25, donde es previsible que predomine un discurso contrario al modelo de desarrollo económico y al libre emprendimiento.

Por un lado, es claro que la discusión sobre la temperatura del planeta debe darse, en primer lugar, desde un prisma sólidamente científico, que recoja la evidencia sobre el cambio climático sin cerrarse de antemano a cualquier razonamiento o dato contrario. En términos generales, las empresas son hoy conscientes —unas más que otras— de que el daño ambiental genera costos de distinta índole de los cuales deben hacerse cargo, por la viabilidad de su negocio y por compromiso social.

Por otra parte, sería ingenuo negar que existe una probabilidad de que la agenda de la cumbre COP25 —por su visibilidad y popularidad— termine secuestrada por voces que la aborden como una causa moral antes que como una discusión científica. No es descartable, a la luz de la experiencia en otras latitudes, que la clase política termine haciéndose eco de un discurso que no es conducente al desarrollo, sólo porque ello parece menos costoso desde el punto de vista comunicacional.

En esta página, además, Luis Larraín se pregunta hoy si los compromisos de Chile en materia de calentamiento global no son excesivos en relación a lo que efectivamente contribuye nuestro país al fenómeno, comparado con otras naciones. Este también parece un planteamiento atendible que llama a un debate honesto. Finalmente, el objetivo de una cita como la COP es poner sobre la balanza tanto los impactos ecológicos del desarrollo económico como las ineludibles realidades prácticas del progreso humano, para encontrar formas de conciliarlos.

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