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Complejidades contables

Matko Koljatic Profesor titular Escuela de Administración Pontificia Universidad Católica de Chile

Por: Matko Koljatic | Publicado: Martes 11 de abril de 2017 a las 04:00 hrs.
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Matko Koljatic

Terminó marzo. Con el fin de mes las sociedades anónimas abiertas cumplieron con el ritual de informar al mercado sus balances, estados de resultados y cambios en el patrimonio neto, en formatos que cada día que pasa se hacen más extensos y crípticos. En mi experiencia reciente de director he visto cómo las antiguas FECU se han ido convirtiendo en mamotretos que a veces llegan a tener cientos de páginas con decenas de notas y tablas sobre los criterios y cuentas contables. Hay que tener paciencia y aceptar que, como están las cosas, lo que puede ser simple y claro ha pasado a ser complejo y trabajoso.

Todo empezó con la implantación de IFRS. Se nos dijo que este nuevo estándar de información contable permitiría que los accionistas comprendieran mejor los estados financieros de las compañías. Así fue como empezamos a encontrarnos con juicios de valor respecto a los ingresos y gastos de las compañías, y en que los activos y pasivos en muchas ocasiones pasan a estar basados en complicadas normas dictadas desde un Board -en el Reino Unido- que dan origen a todo tipo de interpretaciones. Las contabilizaciones de estos juicios de valor son refrendadas por peritos y auditores externos, dándose origen a conceptos como los de pérdidas por deterioro, valor razonable, valor en uso, etc. El socio técnico de las auditoras pasó a ser el juez supremo de la contabilidad que dictamina si esa contabilización se ajusta a la normativa, salvo que tenga que preguntarle a algún gurú de IFRS en la casa matriz.

¿Tenemos efectivamente mejor información? Sospecho que no. Soy de aquellos a quienes leer balances le atrae, ya que me encanta descubrir información en los datos. En la época feliz de las normas contables emanadas por el Colegio de Contadores teníamos la certeza que los estados financieros correspondían, en último término, a eventos económicos que habían ocurrido. Hoy noto que esa certidumbre ya no existe. Pero lo peor es que desde el exterior se siguen emitiendo nuevas normas que complican aún más las cosas.

Lo interesante, sin embargo, es que desde el mundo académico están surgiendo estudios que sugieren que hay que ir en la dirección contraria. Kim, Chang y Zhang (2016), por ejemplo, reportan que las compañías que emiten reportes 10 K de poca legibilidad tienen un mayor riesgo de mostrar caídas estrepitosas en el precio de sus acciones. Sus resultados son consistentes con el argumento de que la administración de las compañías en problemas puede ocultar más fácilmente la información adversa al entregar estados financieros complejos de leer, lo que lleva a crisis al momento de alcanzar un punto de inflexión. Este resultado es válido particularmente después de la implantación de Sarbanes Oxley Act. Pareciera entonces que lo simple y claro es mejor que lo complicado.

Por otra parte, la frecuencia de reporte óptima -trimestral vs. semestral- también ha sido motivo de mucha discusión en la academia (Kraft et al. 2012) y en círculos profesionales y de políticas públicas (Pozen 2014, Gallagher 2015, Clinton 2016). De hecho hay países importantes -entre ellos Francia por ejemplo- que solo obligan a reportar resultados completos semestralmente. La SEC está evaluando los “pro” y los “con” de obligar a algunos tipos de compañías abiertas a un reporte semi anual, cambiando el régimen actual de reportes trimestrales. La razón principal es evitar que las empresas actúen con un horizonte de demasiado corto plazo al tomar decisiones dado el reporte de resultados. Se entiende además que el reporte trimestral lleva a que el tiempo de posesión de acciones se haya reducido a menos de un año (Bogle 2006). También se reconoce que hoy en día hay más involucramiento de los directorios e institucionales en las empresas, lo que implica menos necesidad de control público.

Pareciera, por lo tanto, que existe un desafío en estos temas para la SVS o su futura reemplazante, la Comisión para el Mercado Financiero. Ya lo decía Einstein: “Hágalo simple, pero no tan simple”.

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