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Ana María Montoya

La brecha que esconde el desempleo femenino

ANA MARÍA MONTOYA ECONOMISTA, RED PROCOMPETENCIA, ACADÉMICA ESCUELA DE GOBIERNO UAI

Por: Ana María Montoya

Publicado: Martes 18 de agosto de 2026 a las 04:00 hrs.

Ana María Montoya

Ana María Montoya

La tasa de desempleo femenino en Chile supera a la masculina. La diferencia puede parecer pequeña: alrededor de dos puntos porcentuales. Mirada así, podríamos concluir que estamos frente a una brecha acotada. Pero el promedio esconde un problema bastante más profundo.

El primer dato que debería preocuparnos es que más mujeres están entrando al mercado laboral, pero el empleo no crece a la misma velocidad. En el último año, cerca de 92 mil mujeres adicionales se incorporaron a la fuerza de trabajo, mientras se crearon alrededor de 65 mil empleos femeninos. Que más mujeres quieran trabajar es una buena noticia. Que la economía no logre absorberlas, no.

Pero incluso el desempleo cuenta solo una parte de la historia. Hay 1,2 millones de mujeres fuera de la fuerza de trabajo por razones de cuidado. El 31,6% de las mujeres inactivas declara razones familiares para no buscar empleo; entre los hombres, apenas el 3,6%. El cuidado no solo reduce las horas trabajadas o los ingresos: determina quién puede participar del mercado laboral.

“Antes del nacimiento del primer hijo, las trayectorias laborales de hombres y mujeres son similares. Después, el empleo de las madres cae 37% y no recupera su trayectoria incluso 10 años más tarde”.

La evidencia alrededor del nacimiento del primer hijo es especialmente reveladora. Antes de ese momento, las trayectorias laborales de hombres y mujeres son similares. Después, el empleo de las madres cae 37% y no recupera su trayectoria incluso diez años más tarde. En los padres, prácticamente no cambia. Buena parte de la desigualdad laboral se abre, entonces, cuando aparecen las responsabilidades de cuidado.

El diagnóstico también cambia según la edad. Entre las mujeres de 15 a 24 años, el desempleo llega a 24,9%, frente a 18,7% entre los hombres. Y un tercio de las jóvenes desocupadas nunca ha trabajado. Para ellas, el desafío no es proteger un puesto de trabajo: es conseguir el primero.

También importa cómo se pierde el empleo. El 46,2% de las mujeres desocupadas llegó a esa situación por término de contrato, proyecto o temporada. El despido explica bastante menos. Esto obliga a ampliar una discusión laboral demasiado concentrada en el costo de despedir y mirar también la estabilidad y calidad del contrato de entrada.

¿Qué se desprende de todo esto? Que no existe una política única para reducir el desempleo femenino.

El cuidado requiere oferta de servicios -sala cuna y cuidado de dependientes- que permita trabajar. El desempleo juvenil requiere intermediación y acceso al primer empleo. La alta incidencia del término de contratos exige mirar la estabilidad laboral. Y las enormes diferencias entre regiones y sectores requieren políticas que reconozcan la heterogeneidad productiva del país.

La discusión sobre empleo femenino no debería reducirse a cerrar dos puntos de brecha en una tasa. El desafío es remover las restricciones que hacen que las mujeres entren menos, salgan más y encuentren mayores dificultades para permanecer en el mercado laboral. Si confundimos esos problemas, también equivocaremos los instrumentos para resolverlos.

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