Anthropic, Chile y el comercio del futuro
MATÍAS PINTO PIMENTEL Partner Geogig Consulting
Solo dos días estuvieron disponibles los modelos más avanzados de Anthropic antes de que el Departamento de Comercio de Estados Unidos ordenara suspender la “exportación” y su acceso a usuarios extranjeros por razones de seguridad nacional. Para quien lo mira de lejos, parece una disputa técnica entre una empresa y su regulador. Pero no lo es. Es geopolítica pura.
Durante décadas, el comercio internacional se ordenó en torno a aranceles, reglas de origen y acceso a mercados. Ese mundo no desapareció. Pero encima de él está emergiendo otra capa, una más estratégica, donde lo relevante ya no es solo qué bienes cruzan una frontera, sino quién puede acceder a chips avanzados, modelos de IA, infraestructura de cómputo, servicios cloud y capacidades de ciberseguridad que pueden alterar el balance de poder económico y militar.
El caso Anthropic no es un episodio aislado. Es parte de un patrón. La restricción de chips avanzados a China, la exclusión de Huawei de redes de telecomunicaciones occidentales, los controles sobre equipos de semiconductores y la revisión de inversiones extranjeras en infraestructura crítica apuntan en la misma dirección.
“El riesgo que corremos es negociar con lógicas del siglo XX una agenda del siglo XXI. Si Chile se limita a defender algunas exportaciones, puede conseguir una victoria aparente, pero perder de vista lo esencial”.
En momentos en que Chile negocia con EE.UU. un acuerdo de comercio recíproco, la discusión no puede reducirse a una negociación arancelaria. Washington está empujando una agenda más amplia de seguridad económica, que incluye controles de exportación, revisión de inversiones extranjeras, proveedores confiables, protección de cadenas críticas e infraestructura digital segura.
Chile debe entender lo que está en juego. Si Washington exige nuevos compromisos en seguridad económica, la respuesta no puede limitarse solo con una lógica arancelaria. Al aceptar controles de exportación, filtros de inversión o reglas sobre proveedores confiables, el país está entregando algo valioso: alineamiento geopolítico.
Y eso tiene otro precio.
Un precio que no puede medirse solo en aranceles. Puede -y debería- medirse también en acceso tecnológico. Si Chile acepta entrar al perímetro de seguridad económica de EE.UU, debe negociar también acceso al perímetro tecnológico, lo que significa cooperación en inteligencia artificial, canales expeditos para licencias de tecnologías críticas, acceso preferente a capacidades de cómputo, colaboración en ciberseguridad y mecanismos de consulta antes de que nuevas restricciones afecten a usuarios o compañías chilenas.
El riesgo que corremos es negociar con lógicas del siglo XX una agenda del siglo XXI. Si Chile se limita a defender algunas exportaciones, puede conseguir una victoria aparente, pero perder de vista lo esencial. Si Washington pide alineamiento estratégico en seguridad, Chile debe pedir acceso a la misma. Si no, estaremos pagando un precio alto por una concesión mínima, que ni siquiera equivale a respetar plenamente lo que el TLC ya debiera garantizar.
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