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Columnistas

Cuando dejamos de sorprendernos

JANET AWAD PRESIDENTA DE FUNDACIÓN GENERACIÓN EMPRESARIAL

Por: JANET AWAD

Publicado: Miércoles 16 de septiembre de 2026 a las 04:00 hrs.

En los últimos años, Chile ha conocido una sucesión de investigaciones por eventuales hechos de corrupción e irregularidades que han alcanzado a municipios, gobiernos regionales, servicios públicos y al mundo político. Esta vez, una investigación sobre licitaciones de alimentación escolar de la Junaeb derivó incluso en allanamientos a dependencias públicas y oficinas del Congreso.

Aunque cada caso es distinto y las responsabilidades deben acreditarse, su reiteración plantea una pregunta que debiera preocuparnos: ¿qué ocurre cuando dejamos de sorprendernos?

El riesgo de la corrupción no está solo en los recursos que se desvían o las normas que se vulneran. Existe una degradación más silenciosa cuando estos episodios comienzan a parecernos parte habitual del paisaje institucional y cada nuevo caso deja de provocar extrañeza porque recordamos varios anteriores. Perder esa capacidad de asombro es un paso hacia la normalización y, con ello, hacia el deterioro institucional y la pérdida de capital social.

“Que las instituciones investiguen y sancionen es una señal de fortaleza. Pero una cultura de integridad no puede descansar solo en castigar lo ocurrido”.

Blake Ashforth y Vikas Anand estudiaron este fenómeno en The Normalization of Corruption in Organizations (2003). Su investigación muestra que la corrupción puede instalarse gradualmente mediante tres procesos: institucionalización, racionalización y socialización. Primero, una conducta excepcional comienza a repetirse hasta incorporarse a las rutinas. Luego aparecen las justificaciones: “todos lo hacen”. Finalmente, quienes llegan aprenden esas prácticas como parte del funcionamiento normal, lo extraordinario se vuelve cotidiano y personas que no se consideran corruptas pueden terminar repitiendo esas conductas sin experimentar un conflicto moral significativo.

Aunque el estudio analiza organizaciones, su advertencia también vale para las sociedades: la reiteración puede modificar nuestros umbrales de tolerancia. Lo que ayer parecía excepcional, mañana puede parecernos un caso más. Por eso importa cómo reaccionamos: no para transformar toda irregularidad en corrupción, sino para evitar que la acumulación de casos debilite nuestra confianza en las instituciones.

Que las instituciones investiguen y sancionen es una señal de fortaleza. Pero una cultura de integridad no puede descansar solo en castigar lo ocurrido. Requiere prevenir, cuestionar prácticas y generar espacios donde las personas puedan advertir que algo no está bien, incluso cuando “siempre se haya hecho así”.

La integridad se juega mucho antes de una investigación: cuando alguien se atreve a preguntar por qué; cuando una jefatura no normaliza una práctica indebida; cuando los controles funcionan aun cuando incomodan; y cuando entendemos que ninguna costumbre convierte una práctica incorrecta en aceptable.

Frente a la reiteración de casos, quizás el mayor peligro sea acostumbrarnos. Porque una sociedad que deja de sorprenderse ante la corrupción corre también el riesgo de comenzar, imperceptiblemente, a tolerarla.

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