La pregunta por el currículum en la formación universitaria en economía e ingenierías, suele zanjarse bajo presiones comprensibles: más matemática, estadística, datos, finanzas y herramientas aplicadas. Bajo estándares académicos internacionales y mercados laborales sumamente competitivos, nadie podría sostener seriamente que la formación técnica en modo alguno. ¿Exige esa intensidad una formación sin memoria? La historia del pensamiento económico queda atrapada en una posición curricular incómoda, como lujo humanista, como visita cultural de autores fallecidos, en una discusión que no es nueva. Kenneth Boulding, brillante provocador, se preguntó si después de Samuelson, alguien necesitaba a Adam Smith… Preguntas como éstas parecen desafiantes, pero encierran verdades: el conocimiento científico avanza a partir de lo ya aprendido, y hoy más que nunca, todo currículum tiene un costo alternativo.
El problema, sin embargo, sigue vigente y la confianza ciega en el estado actual de un arte es más riesgosa que nunca. La historia intelectual, no solo en economía, sino en toda forma de conocimiento humano, muestra que las ideas no solo progresan, sino que también con el paso del tiempo se simplifican, olvidan, convierten en dogma, o pero aun, sobreviven como supuestos que se tornan invisibles. En este sentido, estudiar historia del pensamiento económico parece relevante. No como nostalgia, lujo, o repetición cronológica de corrientes y autores superados. Sino como entrenamiento que permite al alumno comprender que todo modelo nace de una pregunta, descansa sobre supuestos y tiene condiciones de validez.
“Esa es, quizá, una de las grandes lecciones de la historia del pensamiento: la innovación no nace en la ignorancia de lo anterior, sino de su conocimiento profundo”.
Si Einstein hubiese estudiado a Newton como dogma, y no como una conquista históricamente situada, tal vez le habría sido más difícil advertir el punto exacto en que esa arquitectura debía ser corregida. Copérnico, Galileo y Newton no son solo nombres asociados a hallazgos definitivos. Sus historias enseñan que incluso las teorías más fecundas descansan sobre supuestos, y verlo permite despertar el pensamiento creativo. No consiste en negar la tradición, sino en todo lo contrario. Conocer la tradición profundamente es indispensable para estar atentos a descubrir cuándo sus condiciones de validez se agotan y necesitan repensarse, reformularse. Newton, recordémoslo, siguió siendo una aproximación extraordinariamente eficaz para el mundo de las velocidades ordinarias y los campos gravitacionales débiles. No dejó de ser verdadero por la relatividad. Pero Einstein mostró que incluso aquello que parecía universal podía tener un ámbito de aplicación.
Esa es, quizá, una de las grandes lecciones de la historia del pensamiento: la innovación no nace en la ignorancia de lo anterior, sino de su conocimiento profundo. Estudiar historia del pensamiento económico importa porque solo quien conoce la genealogía de una teoría puede distinguir entre herramienta, supuesto y dogma; puede animarse a crear y, por qué no, a ser genial.
La solución a nivel curricular no es sencilla. Más que multiplicar ramos o relegar a la historia a un compartimento de estanco, se trata de incorporarla en cursos eminentemente técnicos, tarea sumamente exigente para profesores y estudiantes porque demanda alta productividad intelectual. Pero en el contexto actual el desafío parece insoslayable. Mientras más sofisticada se vuelve la técnica, más importante es recordar de dónde viene, qué promete, qué excluye, y qué no podrá entregarnos jamás.
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