Se acentúa la emergencia laboral: ¿qué hacer?
HERNÁN CHEYRE V. Centro de Investigación Empresa y Sociedad (CIES) U. del Desarrollo
Cuando en los años 2021-2022 el economista David Bravo acuñó el término “emergencia laboral” para referirse a la situación prevaleciente en el mercado del trabajo, lo hizo colocando el énfasis no en la evaluación mensual de la tasa de desocupación como indicador central -la cual se ve afectada no solo por la evolución del empleo, sino que también por el comportamiento de la fuerza de trabajo-, sino que recurriendo a un concepto mucho más simple y profundo: qué proporción de la población en edad de trabajar se encuentra efectivamente trabajando en cada período. De acuerdo con las estimaciones de la OIT/Banco Mundial, en el período previo a la pandemia esta tasa era de 58,3%, la cual por efectos del covid bajó a 50,2% al año siguiente. De ahí en adelante empezó a observarse una recuperación parcial en el indicador, llegando a un máximo de 56,9% en el año 2024 -todavía por debajo del valor prepandemia-, pero durante 2025 y 2026 empezó a descender nuevamente, y en la última medición del INE para el trimestre mayo-julio de este año el valor alcanzado se contrajo a 55,9%. A partir de esta cifra, el propio David Bravo estima el número de empleos faltantes en aproximadamente 300 mil personas. Esta cifra es muy superior a la que el propio economista había calculado para los años inmediatamente anteriores, reflejo de que la creación de empleos ha sido mucho menor, y también a que la población en edad de trabajar continúa subiendo. Esta es la razón por la cual se puede argumentar que la “emergencia laboral” se está acentuando.
“El problema de la desocupación se está transformando en un fenómeno estructural, influido también por diversos otros factores, dentro de los cuales destaca el aumento en los costos de contratación”.
Y si nos concentramos en los indicadores tradicionales de empleo y desocupación, las últimas cifras publicadas por el INE son decididamente negativas: una tasa de desocupación que subió a 9,5%; y un volumen de ocupados disminuyendo en 0,2%, con el número de trabajadores formales cayendo por quinto mes consecutivo, y que esta vez no logró ser compensado por un mayor empleo formal. Y el año 2025, a pesar de que el crecimiento económico fue de 2,5%, el número de ocupados subió solo en 1%. Se está acumulando evidencia, pues, de que el crecimiento económico es condición necesaria – y muy necesaria- para la generación de nuevos empleos, pero no es suficiente. El problema de la desocupación se está transformando en un fenómeno estructural, influido también por diversos otros factores, dentro de los cuales destaca el aumento en los costos de contratación: aumento del sueldo mínimo, ley de 40 horas, incremento en las cotizaciones de cargo del empleador. Y todo esto en un contexto en que los cambios tecnológicos que se están introduciendo en los procesos productivos facilitan la sustitución del trabajo humano en determinadas tareas, siendo reemplazadas por herramientas de inteligencia artificial.
¿Qué hacer, entonces, ante esta nueva realidad? Lo primero y fundamental, fortalecer el crecimiento económico, lo cual en una primera etapa debería ir complementado por un programa más activo de obras públicas y de construcción de viviendas, ambas intensivas en el uso de mano de obra. Segundo, flexibilizar los contratos de jornada parcial. Tercero, disminuir los costos de contratación asociados al anquilosado sistema de indemnización por años de servicio, reemplazándolo -para los nuevos contratos -en un mecanismo de indemnización a todo evento financiado parcialmente a través del seguro de cesantía. Y cuarto, implementar programas efectivos de reconversión laboral que permita a los trabajadores ir adaptándose a los nuevos tiempos. Si no avanzamos por este camino, la emergencia laboral se convertirá en la nueva normalidad.