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Columnistas

La paradoja del espacio

MARÍA PÍA AQUEVEQUE Directora de empresas, experta internacional en activos digitales ANDRÉS CAMERO UNZUETA Co-Jefe de Departamento de Ciencia de Datos de Observación de la Tierra, German Aerospace Center

Por: MARÍA PÍA AQUEVEQUE Y ANDRÉS CAMERO UNZUETA

Publicado: Jueves 23 de julio de 2026 a las 04:04 hrs.

El mayor riesgo para el sector espacial no es tecnológico. Es seguir planificando el próximo lanzamiento cuando deberíamos estar diseñando el ecosistema de los próximos treinta años.

Existe una paradoja en la industria espacial. Somos expertos en planificar misiones para dentro de 10 años, pero rara vez dedicamos el esfuerzo a imaginar el ecosistema en el que dichas misiones se integrarán. Todo ello ocurre mientras la Inteligencia Artificial, la computación cuántica y tecnologías emergentes evolucionan más rápido que los ciclos de decisión de las instituciones.

Como decía Arthur C. Clarke: “El futuro ya no es lo que solía ser”. Este es el momento de decidir si seguimos proyectando el futuro como una extensión del presente o si nos atrevemos a imaginar un escenario distinto. No basta con construir los sistemas del mañana; debemos decidir qué papel queremos desempeñar en ellos.

“En la próxima economía espacial, los países que generarán mayor valor no serán quienes lancen más satélites, sino quienes influyan en el conocimineto, las capacidades y reglas del ecosistema”.

Las grandes transformaciones rara vez nacen de perfeccionar el modelo existente. Surgen cuando se cuestionan sus supuestos más básicos. Pensar desde los primeros principios permite identificar ventanas de oportunidad antes de que sean evidentes, fijar objetivos ambiciosos y aceptar que, en entornos de alta incertidumbre, aprender rápido es una ventaja competitiva. El riesgo no está en equivocarse; está en seguir optimizando un modelo que el futuro ya comenzó a dejar atrás.

Chile ya supo hacerlo una vez. Aprovechó las condiciones excepcionales del desierto de Atacama para convertirse en un actor indispensable para la astronomía mundial. No solo albergó telescopios; logró integrarse en una red global de conocimiento, investigación y desarrollo que fortaleció sus capacidades científicas.

El país enfrenta una oportunidad similar. Su posición geográfica, especialmente Punta Arenas y la Antártica, puede convertirlo en un nodo relevante de la infraestructura espacial. Pero no consiste en instalar antenas o estaciones terrestres, sino en negociar un lugar dentro del ecosistema que esa infraestructura hará posible. La geografía abre la puerta; la transferencia de capacidades permite quedarse dentro del sistema.

Cada inversión debería traducirse en transferencia tecnológica, formación de talento, investigación conjunta y desarrollo industrial. En la próxima economía espacial, los países que generarán mayor valor no serán quienes lancen más satélites, sino quienes influyan en el conocimiento, las capacidades y las reglas del ecosistema.

En esa lógica, el futuro Centro Espacial Nacional (CEN) debiera incorporar un Consejo de Prospectiva Estratégica, inspirado en la 10th Man Theory: un órgano encargado de desafiar los supuestos dominantes, explorar escenarios alternativos, identificar y crear oportunidades antes que el resto del sistema. La ventaja competitiva del siglo XXI no estará solo en innovar, sino en anticipar el futuro y decidir si Chile quiere ser un observador de la economía espacial o uno de los países que contribuirán a definirla.

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