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Columnistas

Sin árbitro no hay partido

JUAN CARLOS EICHHOLZ SOCIO FUNDADOR DE ADAPSYS Y PROFESOR UAI

Por: Juan Carlos Eichholz

Publicado: Miércoles 24 de junio de 2026 a las 04:02 hrs.

Todo orden está construido sobre normas, explícitas o implícitas. Pero para asegurar ese orden no basta con que las normas existan, sino que es necesario hacerlas cumplir. Así, si el árbitro de un partido de fútbol no sanciona las faltas a las reglas que ordenan el juego, éste se desnaturaliza, y los jugadores pasan del empujón disimulado a la patada táctica, subiendo el nivel de transgresión hasta donde sea posible sin pagar costos.

Algo de eso parece haber ocurrido en Chile. Durante años, los ciudadanos nos fuimos acostumbrando a un arbitraje intermitente: becas y créditos para estudiar cuyo pago no se exigía, evasión crónica en el transporte público, masificación del fraude en licencias médicas con una fiscalización meramente ritual, beneficios que se entregaban sin verificar suficientemente sus condiciones, etc. No son casos iguales, ni tienen la misma gravedad, pero todos revelan una misma fragilidad: normas que existían, compromisos que estaban escritos y autoridades que durante demasiado tiempo no reaccionaron con suficiente decisión.

Hoy estamos viendo señales de que eso podría estar cambiando, porque aparecen árbitros dispuestos a hacer cumplir las normas y restablecer el orden institucional. Es el caso de la Contraloría, que ha marcado la pauta; pero ahora también de la Corte Suprema, bajo la impronta de su nueva presidenta; y del actual Gobierno, que ha dado señales claras en este sentido. En simple, estas autoridades están diciendo que si existen normas, son para cumplirlas, y que es su responsabilidad hacer que eso ocurra.

En el mundo de las grandes empresas existe un lenguaje que da cuenta de la relevancia que tiene el orden para poder funcionar bien: compliance y accountability, palabras importadas de la cultura anglosajona, por cierto. El primero no existe para asfixiar la iniciativa, sino para asegurar que las reglas mínimas se cumplan, sobre lo cual bienvenida la creatividad. El segundo no busca generar miedo, sino que los roles y las decisiones tengan responsables, trazabilidad y consecuencias. Tiene sentido, ¿no?

Sin embargo, trasladar esa misma lógica al Estado genera incomodidad en muchos. Pareciera que exigir cumplimiento fuera una forma encubierta de dureza, insensibilidad o nostalgia autoritaria. Pero eso es un error.

Más aun, la confianza se juega precisamente ahí. No nace de discursos ni de campañas comunicacionales. Nace de hechos concretos que generan predictibilidad, cuando las personas observan que cumplir vale la pena, que el abuso no obtiene premio, y que la regla se aplica con proporcionalidad, pero también con firmeza. Cuando eso no ocurre, los cumplidores empiezan a sentirse ingenuos, los oportunistas se sienten habilitados y la ciudadanía entera se vuelve más cínica. ¿No es esto justamente lo que nos ha venido pasando en Chile, y que estaría a la base de nuestra pronunciada caída en el ranking de competitividad mundial en los últimos 20 años, acentuada críticamente desde 2019?

Con todo, hoy podríamos estar frente a un punto de inflexión. La última encuesta del CEP muestra el anhelo ciudadano por el orden, y muchas autoridades públicas comienzan a sacar la voz y tomar decisiones para hacer cumplir las normas.

El árbitro está volviendo a cobrar, y todos, autoridades y ciudadanos, debemos recordar que si las reglas no se aplican no hay partido posible, sino sólo una cancha donde cada uno termina jugando con más agresividad y menos efectividad.

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