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Columnistas

Un mapa que se adelantó a su tiempo

JOSÉ MIGUEL SÁNCHEZ, DECANO FACULTAD DE ECONOMÍA Y ADMINISTRACIÓN UC JOSÉ DÍAZ, ACADÉMICO DEL INSTITUTO DE ECONOMÍA UC

Por: JOSÉ MIGUEL SÁNCHEZ,

Publicado: Miércoles 24 de junio de 2026 a las 04:00 hrs.

Hace más de cincuenta años, un equipo de economistas, liderados por Miguel Kast Rist de ODEPLAN y de Sergio Molina Silva, Del Instituto de Economía UC, publicaron el Mapa de la Extrema Pobreza en Chile, un estudio que transformaría la manera en que el país entendía la pobreza. El trabajo fue elaborado por el Instituto de Economía de la Universidad Católica en conjunto con la Oficina de Planificación Nacional. Medio siglo después no solo merece recordarse como un ejercicio académico, sino como un acto de lucidez intelectual que anticipó debates que aún siguen vigentes.

A comienzos de los años 1970, los investigadores enfrentaron una paradoja: querían identificar a los más pobres, pero su herramienta más sólida —el censo— no medía pobreza de forma directa. La solución fue cambiar el enfoque: en lugar de buscar ingresos inexistentes, observaron las condiciones reales de vida. Así construyeron un índice basado en lo que hoy llamamos «necesidades básicas insatisfechas»: calidad y estado de la vivienda, acceso a agua potable y alcantarillado, hacinamiento (definido como cuatro o más personas por pieza), posesión de bienes básicos como radio, televisor o refrigerador, y nivel educativo de los niños y del jefe de hogar. En esencia, elaboraron una fotografía de las condiciones estructurales en que vivían las familias.

Los resultados fueron tan claros como inquietantes. Cerca de 1.916.000 personas —el 21% de la población— vivían en extrema pobreza. No era un fenómeno marginal: afectaba a uno de cada cinco chilenos. La distribución geográfica arrojó hallazgos relevantes hasta hoy. Aunque en términos absolutos la mayoría de los pobres vivía en áreas urbanas —casi el 68%—, la incidencia era mucho mayor en zonas rurales. En provincias como Aisén y Coquimbo, aproximadamente uno de cada tres habitantes estaba en extrema pobreza. Santiago concentraba el mayor número absoluto: más de 647.000 personas.

“En ciencias sociales, lo más difícil no es resolver un problema, sino identificarlo con precisión”.

El perfil demográfico también fue revelador. La mitad de los pobres tenía menos de 16 años, lo que convertía la pobreza en una condición heredada desde la infancia. Además, el 45,5% de las personas mayores de cinco años no había completado la educación primaria. En el mercado laboral predominaban trabajadores por cuenta propia, artesanos, obreros no calificados y trabajadores agrícolas: personas ubicadas en los márgenes de una economía que no les ofrecía estabilidad ni protección.

Frente a este diagnóstico, los autores definieron la extrema pobreza como un «cataclismo social», subrayando la urgencia de una respuesta estatal.

Argumentaron que no podía abordarse con medidas parciales ni mediante los canales habituales, porque afectaba simultáneamente la alimentación, la salud, la vivienda y el acceso a la cultura básica. Propusieron crear un organismo central encargado de definir políticas y prioridades, con ejecución descentralizada para llegar directamente a los territorios más críticos, respaldado por un fondo especial financiado por toda la sociedad.

Lo extraordinario de este trabajo, visto desde hoy, no es solo la calidad del diagnóstico o la solidez de sus propuestas. Es que sus autores comprendieron algo que ahora parece evidente: la pobreza no es solo falta de ingreso. Durante años, las mediciones oficiales se basaron exclusivamente en el dinero disponible en los hogares. Se consideraba pobre a quien estaba bajo un umbral de ingreso. Era una medida simple, pero insuficiente: no reflejaba si las familias tenían agua potable, si los niños asistían a la escuela o si vivían en condiciones de hacinamiento.

Recién en 2010, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y la Universidad de Oxford desarrollaron el Índice de Pobreza Multidimensional, que combina indicadores de salud, educación y condiciones de vida. Chile adoptó su propia medición multidimensional en 2015. Sin embargo, el Mapa de la Extrema Pobreza ya había aplicado ese enfoque cuarenta años antes, integrando variables de vivienda, saneamiento, hacinamiento, equipamiento del hogar y educación para construir una visión integral de la pobreza.

Aunque sus recomendaciones no tuvieron el impacto inmediato esperado y la reducción de la pobreza extrema tomó décadas, eso no disminuye su importancia. En ciencias sociales, lo más difícil no es resolver un problema, sino identificarlo con precisión. Y en 1974, estos investigadores lo hicieron con notable claridad.

Cincuenta años después, cuando se debaten políticas sociales y estrategias para llegar a quienes más lo necesitan, vale la pena recordar que este ejercicio ya había sido realizado con rigor y claridad en un contexto muy distinto. El Mapa de la Extrema Pobreza, fue, en definitiva, una brújula que señaló el rumbo correcto.

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