Editorial

El crédito como solución, no como problema

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n una reacción que se ha vuelto preocupantemente predecible, la oposición criticó ayer con dureza el paquete de medidas en favor de la clase media anunciado por el gobierno el domingo. Si medidas anteriores enfocadas en los grupos más vulnerables fueron acusadas de ser “insuficientes” —en monto, en cobertura, en duración—, se critican las dirigidas a la clase media por promover un exceso de endeudamiento en las familias, el cual ya se encuentra en niveles históricos, según cifras del Banco Central entregadas ayer.

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Desde luego, es razonable estar alerta ante niveles de deuda que, para muchos hogares y por diversos motivos, representan una carga excesiva. Existe allí un problema que debe abordarse desde varios ángulos —tanto para salir del exceso de endeudamiento como para prevenirlo—, pero con demasiada frecuencia la respuesta es una demonización del crédito que resulta tan simplista como peligrosa. Así ocurre, por ejemplo, con los créditos hipotecarios, que son presentados a veces como una cadena que ata de manos a las familias, cuando también (¡primero!) deben ser vistos como la herramienta financiera que ha dado a millones un acceso antes impensado a la vivienda propia.

Hay, también, mucho de paternalismo condescendiente en esa actitud que entiende a las personas como víctimas incautas del crédito, en lugar de ser sus beneficiarias. A eso aludía ayer el ministro de Hacienda cuando planteó: “¿por qué no dejamos a las personas de clase media que nos digan si este endeudamiento es malo?”. Por otra parte, los detractores de la idea deberían presentar alternativas al crédito como mecanismo de ayuda a la clase media, porque sin duda las transferencias directas de recursos públicos a ese grupo serían tanto económica como políticamente inviables en un país emergente como el nuestro.

Por desgracia, esta crisis y su antecedente del 18-O no han imbuido a buena parte de la clase política del espíritu constructivo, propositivo y unitario que las circunstancias demandan. El país sólo puede perder si la disposición actual persiste.

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