Durante los últimos años, la economía global ha cambiado. Los shocks de oferta —energía, disrupciones logísticas, fragmentación geopolítica— han dejado de ser episodios puntuales para transformarse en una constante. Este nuevo entorno es especialmente incómodo para la política monetaria: eleva la inflación al mismo tiempo que debilita la actividad.
Pero no a todos los bancos centrales se les complejiza la tarea por igual.
En Chile, el Banco Central tiene como objetivo que la inflación anual del IPC converja a 3% en un horizonte de dos años. Cuando un shock de oferta amenaza esa meta, la autoridad puede responder con una política monetaria más restrictiva, incluso a costa de una menor actividad. En este escenario, el anclaje de las expectativas inflacionarias resulta crucial, ya que limita la propagación del shock y evita que sus efectos se prolonguen en el tiempo. Esto le permite al Banco Central evitar ajustes excesivos de la tasa de política y, con ello, limitar los costos sobre la actividad. La credibilidad no elimina el shock, pero sí evita que se propague.
“Las dudas sobre su independencia, que han reaparecido con fuerza a partir del segundo mandato de Donald Trump, introducen incertidumbre sobre su disposición a tomar decisiones costosas cuando sea necesario”.
El caso de la Reserva Federal es más complejo, ya que su mandato es dual: estabilidad de precios y máximo empleo. En un mundo dominado por shocks de demanda, esta dualidad es manejable. Pero frente a shocks de oferta, la Fed no puede enfriar la economía para contener la inflación con la misma libertad que en el caso chileno, ya que iría en contra de uno de sus objetivos. Por esto, el cumplimiento de su mandato dual depende, en mayor medida, del comportamiento de las expectativas inflacionarias.
Aquí es donde surge la principal fuente de preocupación: la credibilidad de la Fed ya no es completamente incuestionable. Las dudas sobre su independencia, que han reaparecido con fuerza a partir del segundo mandato de Donald Trump, introducen incertidumbre sobre su disposición a tomar decisiones costosas cuando sea necesario, poniendo en riesgo el anclaje de las expectativas inflacionarias.
El mensaje de esta columna, entonces, es directo: en este nuevo mundo de shocks de oferta frecuentes, las dudas sobre la independencia de la Fed no pueden ser menos bienvenidas.
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