Las perspectivas de oferta y demanda de litio han cambiado a toda velocidad, en detrimento de las cotizaciones del "oro blanco", que terminó de barrer con sus ganancias de 2026.
El carbonato de litio solo ha sabido de caídas desde el 8 de octubre, día en que China regresó de su Semana Dorada. Según los datos de Asian Metal, el precio spot se cotizó este miércoles a US$ 16.800 por tonelada, un descenso de 42% desde los máximos alcanzados a mediados de mayo. Además, es un mínimo desde el 29 de diciembre de 2025.
"El carbonato de litio ha tenido una corrección de expectativas. No es un colapso de la industria. El mercado cambió de temer una escasez a anticipar una sobreoferta para el año 2027", dijo a DF el managing director de Delivery & Transformation, Advisory KPMG Chile, Jaime Pizarro.
"Dos factores importantes forman esta escena. Por un lado, una mayor oferta se vislumbra por el posible reinicio de una gran mina de CATL en China y por inventarios mayores de lo estimado. Por otro lado, la demanda esperada disminuye tras el acuerdo de China con Europa para reducir las exportaciones de autos híbridos", explicó.
Para Chile, sostuvo el ejecutivo, la lección es que la competitividad no se mide en el precio del año, sino más bien en la capacidad de producir a bajo costo cuando el ciclo cambia.
Las acciones de SQM han recogido de forma directa esta volatilidad de su principal commodity. Los títulos serie B de la compañía se encuentran en mínimos desde febrero en la bolsa chilena, mientras que el ADR cotiza en su menor nivel desde el 9 de diciembre de 2025.
Todo esto se inserta además en un ambiente cargado de preocupaciones sobre el conflicto bélico en Medio Oriente, tomando en cuenta que el petróleo Brent ronda los US$ 105 por barril y un indicador del dólar global se encuentra en máximos de 18 meses.
Los mercados prevén tres nuevas alzas de tasas de la Reserva Federal para contener la alta inflación derivada del conflicto, y los rendimientos del Tesoro a 10 años llegaron a alcanzar máximos desde 2002, también movidos por el déficit fiscal estadounidense y el financiamiento que exigen los proyectos de inteligencia artificial.