¿Competencia e innovación son compatibles en el sector financiero?
ANA MARÍA MONTOYA Economista, Red Procompetencia, Académica Escuela de Gobierno UAI
Durante más de cien años, pese a la revolución tecnológica, mover dinero en Estados Unidos costó casi lo mismo. Aquí entra la paradoja que documentó Thomas Philippon: el costo de intermediación financiera —cuánto cobra el sector por canalizar el ahorro hacia la inversión— se mantuvo cerca del 2% durante más de un siglo, pese a los avances tecnológicos. Una explicación que Philippon ha desarrollado, sobre todo en su trabajo posterior, es que parte de esas ganancias fueron capturadas por el propio sector: cuando la falta de competencia genera poder de mercado, las mejoras de productividad no necesariamente se traducen en un servicio más barato para el usuario.
Surge la pregunta: ¿más competencia genera más innovación y traspasa los beneficios a los consumidores, o la frena?
La economía clásica da dos respuestas. Schumpeter advertía que, sin ganancias futuras, nadie invierte en innovar, y prefería menor competencia. Arrow respondía que la competencia obliga a los incumbentes a mejorar para no perder mercado. La evidencia concilia ambas: la relación tiene forma de U invertida; ni el monopolio ni la competencia extrema son el mejor escenario (Aghion et al, 2005).
“Informar no basta: hay que atacar los costos de cambio, garantizar la interoperabilidad y considerar el ciclo económico”.
Chile ofrece ejemplos de ambos extremos. En medios de pago avanzamos hacia el centro de esa U: pasamos de un monopolio en la adquirencia —reclutamiento de comercios para recibir pagos electrónicos— a un mercado con más de nueve actores, ampliando cobertura e inclusión.
Pero no toda la historia es de avance. En portabilidad hipotecaria el contraste es enorme: entre 2013 y 2019, pese a tasas favorables, solo el 6% del flujo hipotecario en Chile correspondió a refinanciamientos, frente a entre 20% y 70% en Estados Unidos. En una investigación en curso encontramos algo revelador: entregar a los consumidores información sobre tasas, refinanciamiento y etapas de la portabilidad aumenta hasta en 25% la intención de buscar mejores ofertas, pero no el refinanciamiento efectivo (Bhattacharya et al). Informar no basta: hay que atacar los costos de cambio, garantizar la interoperabilidad y considerar el ciclo económico.
De ahí que dos herramientas regulatorias resulten clave. La primera es el Sistema de Finanzas Abiertas: permite que los clientes compartan su información financiera y accedan a una mejor evaluación crediticia. La literatura muestra que la elasticidad de la oferta crediticia respecto del colateral baja cuando el cliente aporta mejor información, favoreciendo la inclusión de personas y pymes. La segunda es el acceso abierto a la infraestructura: sin poder conectarse a las redes existentes, competir es inviable. Pensemos en pagar por transferencia directamente en el comercio: solo es factible si esa infraestructura está disponible para generar las externalidades entre usuarios y comercios. Por eso la verdadera pregunta no es competencia versus innovación, sino cómo diseñar mercados donde la competencia habilite innovación.
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