El mineral es nuestro, el ácido todavía no
IVÁN MLYNARZ PUIG Geólogo, exvicepresidente ejecutivo de Enami
Hay crisis que no llegan de golpe: se acumulan en silencio hasta que un evento externo las vuelve visibles. La escasez global de ácido sulfúrico que hoy golpea a la minería chilena es exactamente eso. No es un accidente geopolítico; es una vulnerabilidad estructural que elegimos ignorar.
El ácido sulfúrico es el insumo invisible del cobre. Sin él, no hay lixiviación, y sin lixiviación, casi la mitad de nuestra producción de cátodos se detiene. Durante años, el abastecimiento externo fue eficiente y barato. Pero la eficiencia sin resiliencia es una trampa que funciona perfectamente hasta que falla, y Chile no tiene hoy colchón de inventario estratégico ni arquitectura de abastecimiento diseñada para resistir disrupciones de esta magnitud.
El mismo patrón se replica en la fundición. Chile fue en su momento un actor relevante en esta industria, pero se quedó atrás de forma sostenida: no solo perdió participación ante el crecimiento explosivo de la capacidad asiática, sino que debió paralizar sus propias fundiciones por falta de inversión y deficiencias ambientales. El cierre de Ventanas y la paralización de Paipote son los ejemplos más recientes de un retroceso que no fue forzado desde afuera, sino construido desde adentro. Hoy Chile exporta más del 90% de su producción como concentrado —mineral sin procesar— hacia fundiciones asiáticas, principalmente chinas, que generan el ácido sulfúrico como subproducto de ese procesamiento. Cuando China restringe sus exportaciones de ácido para resguardar su mercado interno, o cuando la geopolítica tensiona las rutas de suministro, el costo de esa dependencia se vuelve visible y brutal: el precio del ácido subió más de 44% en pocas semanas, y Goldman Sachs advirtió que una restricción prolongada podría poner en riesgo unas 200.000 toneladas de producción de cobre refinado en el país. Son dos vulnerabilidades distintas —el ácido y la fundición— pero tienen el mismo origen: Chile fue cediendo eslabones críticos de su propia cadena de valor.
“La crisis del ácido sulfúrico es una señal de alerta sobre lo que ocurre cuando un país exporta su mineral en bruto, delega en otros el procesamiento y da por garantizados los insumos que ese procesamiento genera”.
Lo más paradójico es que parte de la solución estructural está a la vista: el ácido sulfúrico es un subproducto natural de la fundición de concentrados de cobre. Chile, al fundir su propio mineral, podría estar generando una parte significativa del ácido que necesita. Pero para eso necesita fundiciones. Y ahí está el nudo.
Es hora de tomarse en serio la capacidad de fundición en Chile, de revertir una tendencia que se ha prolongado demasiado y de recuperar un eslabón que el país nunca debió haber cedido. No existe una solución única ni inmediata, pero sí hay un primer paso concreto y disponible.
La Nueva Paipote —modernización de la Fundición Hernán Videla Lira, impulsada por ENAMI con una inversión de US$1.700 millones— no resuelve el problema por sí sola, pero apunta en la dirección correcta y contribuiría a aliviar una dependencia que hoy nos cobra un precio alto. El proyecto ya cuenta con su aprobación ambiental y su tecnología captura más del 99% de las emisiones, demostrando que fundir en Chile no es incompatible con estándares ambientales exigentes. Es, además, un proyecto económicamente sólido: en un mercado donde el ácido sulfúrico —su principal subproducto— exhibe proyecciones de estrechez prolongada y precios que multiplican sus valores históricos, la ecuación financiera se vuelve aún más favorable.
La crisis del ácido sulfúrico es una señal de alerta sobre lo que ocurre cuando un país exporta su mineral en bruto, delega en otros el procesamiento y da por garantizados los insumos que ese procesamiento genera. Revertir esa lógica tomará tiempo y requerirá más que un solo proyecto. Pero las rutas largas también tienen un primer paso, y Chile ya tiene ese paso aprobado, financiable y tecnológicamente maduro. Lo que resta es la decisión de no seguir mirando hacia otro lado.
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