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Columnistas

IA y empleo: ¿complementariedad o desplazamiento?

CLAUDIA MARTÍNEZ Directora del Instituto de Economía UC

Por: Equipo DF

Publicado: Lunes 2 de marzo de 2026 a las 04:00 hrs.

Este verano se vio interrumpido por reportes y artículos sobre los saltos exponenciales en la capacidad de la inteligencia artificial (IA). Ver cómo tareas técnicas que antes requerían semanas de programación ahora se resuelven en minutos no es solo una anécdota de eficiencia; es una señal inequívoca de que la forma en que trabajamos debe cambiar como respuesta a este avance.

Es innegable que la IA tiene efectos económicos profundos y aún difíciles de dimensionar. La narrativa predominante suele ser binaria: o nos dirigimos a una era de productividad y bienestar infinito, o a un escenario apocalíptico donde la IA reemplaza el trabajo de escritorio (economistas, abogados, ingenieros tendríamos fuerte competencia de IA entre otros) y los robots el manual (trabajo en bodegas, cosechas etc), exacerbando la desigualdad y fracturando el tejido social. En Chile, según datos recientes, mientras un 55% de los trabajadores ya utiliza IA en sus labores diarias, un 39% manifiesta el temor de que la tecnología pueda sustituir el trabajo humano.

“La complementariedad de la IA con los trabajos se da cuando no trabaja por nosotros, sino que colabora, permitiendo realizar tareas más sofisticadas; abordar nuevos desafíos, antes técnicamente inalcanzables; y adquirir nuevo expertise de forma acelerada”.

Un camino intermedio consiste en la adaptación, el uso de la tecnología, y el impacto preventivo o mitigador de la regulación. Dos investigaciones publicadas en el mes pasado nos invitan a mirar aristas del impacto de la IA en el mundo del trabajo en esta dirección.

Un working paper basado en un experimento realizado en Argentina ofrece evidencia fascinante sobre el potencial  nivelador de esta tecnología. Los investigadores enfrentaron a participantes de diversos niveles educacionales a una tarea compleja: diagnosticar problemas y proponer soluciones técnicas. En forma aleatoria, algunos de ellos pudieron usar IA, mientras otros no.

Los resultados son interesantes. Primero, el acceso a la IA aumentó la productividad de todos los participantes. Segundo, y más disruptivo, es que el aumento en productividad fue mayor para quienes tenían menor nivel educacional. En la práctica, la IA actuó como un ecualizador de habilidades, disminuyendo la brecha de rendimiento entre trabajadores. Si el mercado laboral asocia el pago a la productividad, y estos resultados se escalan, la IA podría reducir la desigualdad salarial. Un tercer resultado, importante también, es que no encuentran evidencia negativa sobre el conocimiento que tienen los participantes sobre la tarea realizada.

Ciertamente los resultados deben ser tomados con cautela al mostrar efectos en un contexto muy particular y de corto plazo. Sin embargo, abren empíricamente una ventana interesante frente a la preocupación de que la IA genere aumentos en la desigualdad.

Daron Acemoglu, Premio Nobel de Economía 2024, es una de las voces más críticas respecto a la visión utópica de los efectos de la IA. En su último documento de trabajo publicado el mes pasado, distingue dos efectos en distintas direcciones de la IA en el trabajo: el desplazamiento de la IA al empleo y la complementariedad del trabajo con esta. El efecto final dependería de cómo se institucionalice, los incentivos, y quienes tomen las decisiones. En el contexto de la complementariedad, propone un marco para entender el cambio tecnológico más allá de la simple automatización, y entre otras categorías define la creación de nuevas tareas (new task-creating).

La complementariedad de la IA con los trabajos se da cuando no trabaja por nosotros, sino en que colabora con las personas permitiéndoles realizar tareas más sofisticadas relacionadas con sus empleos, abordar nuevos desafíos que antes eran técnicamente inalcanzables, y adquirir nuevo expertise de forma acelerada. En esta arista, la IA no es un competidor, sino un catalizador de habilidades que hace que el expertise humano sea más necesario que nunca.

Si consideramos estos dos papers, publicados en el mismo mes en que recibimos visiones alarmantes desde algunos artículos sobre la impresionante capacidad de las nuevas versiones de IA y sobre los potenciales efectos macroeconómicos de escenarios ficticios, pero no imposibles, de despidos masivos, se puede concluir que, si bien los riesgos de la IA como sustituta del trabajo son reales, estos pueden disminuirse.

El impacto final de la IA no dependerá de la capacidad del algoritmo, sino de cómo decidamos manejarla. Los efectos disruptivos en el trabajo pueden tener aristas que lo maticen. El verano terminó, y la respuesta a esta transición definirá la economía de la década.

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