La legitimidad como condición para el desarrollo
JAIME CAREY T. PRESIDENTE EJECUTIVO DE CAREY
En el fútbol no basta con ganar, también importa cómo se juega. Un gol convertido con la mano, una simulación para obtener un penal o una falta deliberadamente ocultada pueden cambiar un resultado, pero dejan una sensación incómoda. Incluso los hinchas beneficiados saben, en el fondo, que la victoria obtenida mediante la trampa vale menos.
Lo extraordinario del deporte no es que existan reglas, sino que todos aceptan someterse a ellas. Nadie espera ganar siempre. Lo que exige un deportista es que la derrota sea legítima. Esa misma lógica opera fuera de la cancha.
Las sociedades prosperan cuando existe una convicción compartida de que vale la pena actuar correctamente, respetar las reglas y asumir que los deberes son tan importantes como los derechos. Cuando esa convicción se debilita, comienza un deterioro silencioso que termina corrompiéndolo todo. Los grandes deterioros morales no irrumpen de manera abrupta. Comienzan cuando pequeñas transgresiones dejan de provocar incomodidad y el problema surge cuando la sociedad deja de percibirla como una excepción.
“Detrás de las instituciones sólidas suelen existir ciudadanos convencidos de que respetar las reglas es una condición indispensable para el progreso colectivo”.
La trampa tiene un efecto corrosivo. No solo perjudica a quien resulta afectado. También destruye la confianza entre las personas, haciendo que la cooperación se vuelva más difícil, las instituciones pierdan legitimidad, los costos de control aumenten y el desarrollo se vuelva más complejo.
Chile enfrenta hoy desafíos en seguridad, crecimiento, fragmentación política y una creciente desconfianza en diversas instituciones. Sin embargo, detrás de muchos de estos problemas existe un fenómeno más profundo: la percepción de que las reglas no siempre se respetan y de que demasiadas veces quienes incumplen obtienen ventajas sobre quienes actúan correctamente.
Cuando las personas observan que la trampa parece rentable, surge la tentación de imitarla. Y cuando esa lógica se expande, se instala una peligrosa cultura del “si todos lo hacen, ¿por qué yo no?”.
Las economías más exitosas no se construyen únicamente sobre recursos naturales, tecnología o capital. Se construyen también sobre una cultura de confianza, cumplimiento y responsabilidad. Detrás de las instituciones sólidas suelen existir ciudadanos convencidos de que respetar las reglas es una condición indispensable para el progreso colectivo.
Por eso, la dimensión moral de una sociedad no es un asunto secundario. Es un activo económico, institucional y social de primer orden. Las instituciones pueden resistir malas políticas, crisis económicas e incluso períodos de polarización. Mucho más difícil resulta reconstruir una cultura donde el cumplimiento deja de ser la regla.
Tal como ocurre en el fútbol, una sociedad no puede aspirar a ganar recurriendo a las faltas o el engaño. Puede obtener ventajas pasajeras, pero termina debilitando el juego mismo.
Chile necesita crecimiento, mejores políticas públicas y reformas que fortalezcan sus instituciones, pero también recuperar una convicción básica: las reglas existen para que todos puedan confiar en que vale la pena jugar. Esa confianza es uno de los cimientos menos visibles del desarrollo, pero probablemente uno de los más importantes. Cuando se pierde, no sólo se deteriora la convivencia. También se debilita la capacidad de un país para progresar.
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