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Sólo se alcanza la universalidad a partir de la propia particularidad

Por: GUZMÁN CARRIQUIRY LECOUR | Publicado: Viernes 6 de octubre de 2017 a las 04:00 hrs.
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*SECRETARIO ENCARGADO DE LA VICE-PRESIDENCIA PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA

En estos tiempos de zozobra e incertidumbre resulta fundamental mantener vivos los signos de esperanza. Y el pontificado del papa Francisco toca muy profundamente las fibras cristianas de nuestros pueblos y los anima en la esperanza.

Como preparación a la visita del papa Francisco en enero próximo a Chile, presentamos párrafos escogidos del artículo “El pontificado del Papa Francisco: las sorpresas de Dios, la alegría del evangelio y las esperanzas de los pueblos”, publicado en Humanitas 85 (actualmente en circulación). Puede leer el texto completo en www.humanitas.cl

Dos acontecimientos inéditos

Si alargamos la mirada para abarcar estos 50 años después del Concilio Vaticano II, e incluso mucho antes de este gran evento eclesial, no podemos menos que maravillarnos por la sucesión de pontífices de tan diversas biografías, venidos de muy diferentes contextos culturales, con temperamentos, formación, trayectorias, sensibilidades y estilos tan propios de cada uno; tanto es así que cada uno de ellos parece diseñado y definido como la persona adecuada para responder a las exigencias y necesidades de la misión de la Iglesia en las variadas coyunturas históricas. Es precisamente a través de personalidades tan diversas que el Espíritu de Dios va entretejiendo la sólida continuidad de la gran tradición católica, del patrimonio de fe que viene desde el testimonio de los apóstoles, por medio de los Sucesores de Pedro, y, a la vez, nos sorprende con su novedad dentro de tal continuidad.

La renuncia del papa Benedicto adquiere una nueva luz con el pontificado del papa Francisco. Benedicto XVI maduró la conciencia dramática, en su misterioso diálogo cara a cara con Dios, de su falta de fuerzas físicas y espirituales para afrontar tareas y decisiones de mucha magnitud. Su renuncia fue gesto de libertad y humildad, a la luz de la confianza de que no somos nosotros quienes conducimos la Iglesia, (¡ni siquiera el Papa la conduce!), sino que “es Dios quien conduce a su Iglesia”. La renuncia del papa Ratzinger preparó el camino para la definición y elección de su sucesor.

Fue así como después del sabio magister, Dios nos regaló el pastor, padre cercano a su pueblo. La más excelsa teología ratzingeriana, que sigue siendo riqueza impresionante de magisterio para el hoy, el mañana y el pasado mañana de la Iglesia, deja el paso a la predicación de un Evangelio sine glosa, rezado, contemplado y compartido a manos llenas, según una gramática de la sencillez. Hoy tenemos un solo Papa, Sucesor de Pedro, Vicario de Cristo, Pastor universal, que es Francisco, protagonista de una Iglesia que, por gracia de Dios, comienza a emprender un camino de reforma in capitis et in membris.

La persona del Papa y sus circunstancias

Sabemos bien que los Sucesores de Pedro no son nunca elegidos según la lógica mundana de cálculos geopolíticos, sino fijando la mirada, en docilidad al Espíritu Santo, sobre aquella persona que reúne las cualidades adecuadas para ser Obispo de Roma y Pastor universal en un determinada fase histórica de la misión de la Iglesia.

Sin embargo, No es adjetivo el hecho de que Jorge Mario Bergoglio sea hijo de la tradición católica inculturada en la historia y vida de los pueblos latinoamericanos, así como el hecho de que provenga de la tradición católica llevada consigo por los contingentes de inmigrantes europeos que llegaron en masa al Río de la Plata y que creciera en tiempos de resurgimiento católico en Argentina manifestado en el evento del Congreso Eucarístico Internacional que tuvo lugar en Buenos Aires en 1934. Tampoco es adjetivo que fuera marcado – como todos los argentinos, adherentes o críticos que sean – por un vasto movimiento nacional y popular, de raíces cristianas, como el peronismo. Hay que considerar, además, que desde joven fue templado por los ejercicios espirituales ignacianos, su educación al discernimiento, por la severa disciplina, los largos años de estudio, la cercanía a los pobres e incluso la responsabilidad de la conducción provincial de la Compañía de Jesús. Vivió intensamente los tiempos del Concilio Vaticano II y también los tiempos turbulentos, e incluso violentos, de la vida de su país. No es adjetivo que se desempeñara con maestro de novicios, profesor de teología pastoral, párroco y docente de humanidades, y que llegara a ser Pastor de una gran metrópolis, en la que coexisten el “Norte” y el “Sur, la idolatría del poder y del dinero y las Villas Miseria, la extrema secularización y una arraigada religiosidad popular, la disgregación del tejido familiar y social y las experiencias de una cultura del encuentro, la confesión católica de sus grandes mayorías y un laboratorio de encuentros ecuménicos y diálogos inter-religiosos.

Tampoco es adjetivo que el entonces cardenal Bergoglio haya jugado un papel protagónico en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida. Este acontecimiento fue signo de madurez de la Iglesia en América Latina en el camino que el jesuita brasileño Henrique de Lima Vaz había definido como el paso de una “Iglesia reflejo” (porque reflejaba las tendencias teológicas y pastorales europeas) a una “Iglesia fuente” (con su propio perfil y contribución en la catolicidad). No por casualidad existen tantos vasos conductores entre el documento conclusivo de Aparecida y el documento fundamental del pontificado del papa Francisco, que es la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium.

Por fin, no es adjetivo, en fin, que haya participado como miembro en numerosas “plenarias” de dicasterios de la Curia romana y que haya desempeñado una responsabilidad muy importante en la Asamblea del Sínodo mundial que consideró la misión de los Obispos en nuestro tiempo.

Todas esas circunstancias son importantes porque marcan la trayectoria por la cual la Providencia de Dios preparaba a Jorge Mario Bergoglio para la sede de Pedro: un católico porteño -¡y tan porteño! -, un católico argentino - ¡y tan argentino!-, un católico latinoamericano – ¡y tan latinoamericano! -, un católico jesuita - ¡y tan jesuita! - llamado a ser Pastor universal. Sólo se alcanza la universalidad a partir de la propia particularidad.

¿Qué es lo que está diciendo el Espíritu a la Iglesia y a las Iglesias?

Es fundamental, pues, reflexionar sobre la significación de este hecho inédito y lo que propone el pontificado del papa Francisco. Cierto es que, desde el primer momento, su presencia se ha vuelto familiar, casi como uno de casa, para millones y millones de personas en todo el mundo. Las grandes redes mediáticas se refieren a él cotidianamente. Hay un sin fin de publicaciones sobre el papa Francisco. Hay algo muy profundo que se está dando como despertar, atracción y presentimiento ante su pontificado. El papa Francisco es padre imprevisto e imprevisible porque siempre en búsqueda, guiado por Dios, por su temperamento y su experiencia pastoral, de nuevos caminos para llegar al corazón de todos los hombres que encuentra y que le han sido confiados. Parecería que la gente se siente tocada por el abrazo de una misericordia misteriosa y desbordante. Es como si emergieran anhelos que pudieron romper corazones anestesiados dentro de los moldes de sociedades confusas y violentas. Cierto es que se trata de un fenómeno complejo, difícilmente encasillable en categorías sociológicas. El actual pontificado parece estar rompiendo muchos muros de prejuicios y resistencias, hay una atracción y espontánea empatía muy difundida; para muchos suscita una inquietud cargada de preguntas y expectativas, para otros se da el retorno a casa después de haberse alejado de ella y otros tantos se sienten sorprendidos y atraídos cuando creían que ya habían clausurado sus cuentas con la fe y con la Iglesia. Además, se despierta y florece la fe en muchos. Incluso hay mucha más atención de las instancias políticas respecto de la Iglesia, con un Papa que en poco tiempo se ha convertido en el más creíble y admirado líder de la comunidad internacional.

Sin embargo, hay que tener también presente que los grandes poderes mediáticos intentan en general difundir la imagen de un Papa según sus propios intereses. Tienden así a popularizar su figura banalizándola, quedándose en anécdotas y opiniones superficiales. Más aún: operan muchas veces una censura de su magisterio, recogiendo sólo lo que pueda confirmar esa imagen que pretenden transmitir y difundir, sembrando desconciertos y perplejidades, por una parte, y empatías superficiales, por otra.

¡Cómo no tener en cuenta, además, que conservadores reaccionarios desatan campañas denigratorias contra el pontificado, no expresan alguna comunión afectiva y efectiva con el Sucesor de Pedro y hacen mucho ruido en las redes mediáticas! Entre ellos, no faltan grupúsculos y exponentes tan “defensores de la doctrina” que son bien conocidos por no aceptar enseñanzas fundamentales del Concilio Vaticano II. Son sembradores de división y confusión. Hay una impresionante similitud entre la actitud y comportamientos de los fariseos y doctores de la ley ante Jesús con los actuales neo-fariseos contra el papa Francisco: lo detestan porque desenmascara su hipocresía, su apego a la ley sin caridad; están al acecho, le plantean sus presuntas dudas que son trampas, siempre prontos para juzgarlo y condenarlo, incluso incuban el deseo de su muerte. No se trata de fieles que se dejan interpelar y convertir por el Vicario de Cristo, sino que están siempre dispuestos a condenarlo desde sus esquemas ideológicos.

Por otra parte, progresistas “a la moda”, que atacaron desde esquemas secularizadores a los papas anteriores, ahora pretenden apropiarse de Francisco, con sentido revanchista, despojándolo de todo lo que no cuadra dentro de sus esquemas. Así no hacen más que desvirtuar el magisterio del papa Francisco y alimentar las reacciones tradicionalistas.

Unos y otros, conservadores reaccionarios y progresistas mundanizados, pretenden encasillar la realidad original y desbordante del actual pontificado dentro de viejas antinomias anacrónicas. Unos y otros intentan arbitrariamente contraponer su pontificado a los de sus predecesores y considerar de tal modo la novedad y reformas que lleva adelante el pontificado del papa Francisco como una ruptura de discontinuidad en la tradición de la Iglesia, en esa historia ininterrumpida de verdad y amor que es la Iglesia de Cristo.

Por todo ello es necesario plantearse las preguntas de fondo: ¿Qué es lo que está diciendo el Espíritu a la Iglesia y a las Iglesias por medio del testimonio, magisterio y ministerio del Papa? ¿Cómo se va perfilando su designio bajo las mociones del Espíritu de Dios? ¿A qué nos convoca y qué es lo que nos pide el actual pontificado? ¿Qué nos está mostrando Dios, qué nos está diciendo, qué nos está pidiendo que cambiemos, qué caminos nos está indicando, a cada uno personalmente y a las diversas comunidades cristianas, en este tiempo histórico? Si no se plantean a fondo estas preguntas, es que quedamos en la superficie, atraídos por los “fuegos artificiales” pero despistados respecto del horizonte que se abre ante nosotros.

La libertad y la determinación que muestra el papa Francisco están basadas en dos elementos fundamentales; por una parte, en la conciencia serena y alegre del dejarse conducir por el Espíritu de Dios. No en vano es en los tiempos cotidianos de su exigente disciplina espiritual, orante, que el Papa Francisco se pone a la escucha y va madurando sus decisiones. “El ministerio se hace arrodillado”, dijo el papa Francisco en una audiencia. “Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración” (E.G., 262). Por otra, su libertad y determinación se apoyan también en el afecto que le expresa el santo pueblo de Dios, inspirado por su instinto evangélico, por el sensus fidei, por la unción del Espíritu Santo, y que le manifiestan también, más allá de los fronteras eclesiásticas, multitudes atraídas por el testimonio de su humanidad. A ello se suma un sorprendente don y experiencia de conducción de los procesos de una Iglesia en camino, apuntando hacia una unidad que tenga en cuenta, acoja y supere las inevitables oposiciones que la sacuden.

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