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Columnistas

23/11/2016

La rebelión de las masas

Director Ejecutivo Fundación para el Progreso

  • Por Axel Kaiser
    Axel Kaiser

    Axel Kaiser

    Cada vez más se observan movimientos que amenazan el consenso establecido por las élites mundiales. Brexit y Trump son solo los ejemplos más emblemáticos de esta resistencia.

    Según el afamado autor de The Black Swan, el profesor de NYU Nassim Nicholas Taleb, lo que se está viendo en el mundo es “la rebelión en contra de semi intelectuales paternalistas y expertos con títulos de las Ivy league u Oxford o Cambridge u otros similares” que en realidad no pasan de ser “intelectuales -sin embargo- idiotas” (I-S-I) que no asumen costo alguno por los desastres que generan en la vida de los demás. Estas serían las personas que “quieren decirnos qué hacer, qué comer, cómo hablar, cómo pensar y por qué votar”. Para Taleb, estos I-S-I suelen descalificar como “no educados o rednecks” a aquellos que no deciden de acuerdo a lo que ellos harían cuestión que, según él, se vio con el Brexit. Taleb dice que estos I-S-I llaman populismo a las decisiones que no cuadran con su limitada comprensión del mundo y democracia a los resultados que se ajustan a ella. Este es el tipo de personas, sostiene el matemático y filósofo, que hablan de “igualdad de razas e igualdad económica pero jamás fueron a tomarse algo con un taxista perteneciente a una minoría”. Son, por lejos, sugiere, los más elitistas.

    Las palabras de Taleb se verían duras si no fuera porque se confirman con decenas de artículos publicados en las últimas semanas. Parte importante del problema, dicen muchos, se estaría produciendo en las universidades.

    En una reciente columna en el The Washington Post, el ganador del Pulitzer George Will afirma que la educación superior en Estados Unidos está “inundada de histeria, autoritarismo, oscurantismo, filisteísmo y charlatanería ” y que eso podría haber contribuido a que saliera Trump. Will habla de una “decadencia de las clases protegidas” que se ve, desde las safe zones o “espacios seguros” donde los estudiantes no tengan que oír ninguna opinión que les moleste, hasta las verdaderas policías del lenguaje que circulan en los campus denunciando a quien sea sorprendido diciendo algo políticamente incorrecto. Entre los diversos casos que presenta, Will cita el de un estudiante que escribió “la libertad de expresión importa” y que fue reportado por tal atrevimiento. En Bowdoin College la universidad facilitó asesorías para estudiantes traumatizados por una fiesta mexicana que hacía de su tema central los sombreros y los tequilas cayendo en la “herejía” de estereotipar nacionalidades. En Yale, un profesor hizo optativo un examen el día después de las elecciones para que los estudiantes pudieran lidiar con el trauma personal que podrían haber sufrido por el triunfo de Trump. Casos como estos se repiten por miles a diario.

    El problema es que son estas personas las que luego forman parte de las élites que imponen las pautas de lo aceptable. En una reciente columna en The New York Times, el profesor de Columbia Mark Lilla, que se declara de izquierda, afirma que el liberalismo americano – entendido como la ideología progresista- ha caído en “una especie de pánico moral sobre asuntos raciales, de géneros y de identidad sexual” que excluye por completo a todos los grupos que no comparten esa visión. Según Lilla, “la fijación con la diversidad en nuestras escuelas y en la prensa ha producido una generación de progresistas narcisistamente inconscientes de las condiciones fuera de sus grupos autodefinidos”. Para Lilla, la tesis de que los blancos salieron a votar con rabia por Trump es falsa y un pretexto de la izquierda que le permite ponerse en un pedestal de superioridad moral sin aceptar que su agenda lo “políticamente correcto” es fundamental en explicar la elección del magnate.

    Si esta visión es acertada, lo que estamos viendo es una reacción en contra del elitismo moralista – y social- de una casta integrada por intelectuales, burócratas y gente de negocios que desprecia una realidad que no conoce y que, sin embargo, pretende dirigir.

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