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Guillermo Tagle

La guerra de las monedas

El mundo parece desmoronarse, la volatilidad ha vuelto generando un desangramiento, más lento y gradual que lo ocurrido en 2008 (cuando cayó Lehman Brothers), por lo mismo, más incierto y doloroso....

Por: Guillermo Tagle | Publicado: Viernes 7 de octubre de 2011 a las 05:00 hrs.
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El mundo parece desmoronarse, la volatilidad ha vuelto generando un desangramiento, más lento y gradual que lo ocurrido en 2008 (cuando cayó Lehman Brothers), por lo mismo, más incierto y doloroso. El tipo de cambio, que angustiaba a los exportadores cuando había bajado de $ 470 y hubo de intervenir el Banco Central, ha superado sorpresivamente los $530. Sin embargo, aunque algo de alivio esto produce al sector exportador, no han podido celebrar, porque efectivamente junto con la aparición de un peso más competitivo, ha aparecido el fantasma de la recesión global. En este contexto de incertidumbre, nadie puede saber cuál será el epílogo final, se debate entre los analistas más sofisticados y de renombre mundial, si hay o no hay luz al final del túnel.

Mientras el mundo financiero debate en estas “tinieblas”, el mundo político enfrenta su propia crisis. El resurgimiento de demandas sociales que en distinto grado y sosteniendo diversas banderas de lucha en las principales ciudades del planeta, ponen en jaque a sus líderes, que no están acostumbrados a gobernar con un “people meter” en el velador, que les marca cuánto aprueba o rechaza la ciudadanía, o en realidad el universo de los “conectados” (a twitter u otras yerbas), cada una de las propuestas o ideas que buscan promover, para traer progreso y justicia a la social.

Efectivamente, se están poniendo a prueba muchos paradigmas simultáneamente. Se suponía que con mayor crecimiento económico sería más fácil lograr paz social. Que las economías del mundo desarrollado, tendrían siempre fuerza para sostener y proveer recursos a los países emergentes, cuando tuviesen sus habituales crisis, o pidiesen ayuda para salir de la pobreza; hoy EEUU y Europa están en el abismo, esperando que las economías emergentes los rescaten con su dinamismo y crecimiento. 
Parte relevante del problema, radica en el rebalanceo de riqueza que necesita hacer la humanidad. Hasta antes de la Revolución Industrial, las economías más pobladas eran las que tenían mayor riqueza. Producto de la tecnología y del desarrollo empresarial que ocurrió en algunos países de Europa, EEUU. y Japón, la riqueza del mundo se concentró en esas regiones, produciendo un importante desbalance entre países ricos y pobres. Quienes habitaban en zonas densamente pobladas o que sólo disponían de recursos naturales, con poca capacidad de agregar valor, estaban destinados a vivir en el sub desarrollo. Sin embargo, esta situación empezó gradualmente a cambiar cuando hace algo más de 30 años, China inicia un cambio radical de modelo económico, que luego sigue India y detrás de ellos, todos los países productores de recursos naturales y materias primas, que se convierten en el bien más escaso y valioso. En la primera parte de este proceso, estos países grandes y con crecimiento, empiezan a generar riqueza y a ahorrar. Por razones obvias, este ahorro lo realizan “invirtiendo” en las “monedas fuertes” de los países desarrollados. El flujo de ahorro del mundo emergente, especialmente de China, provoca una sensación de riqueza irreal en economías desarrolladas como EEUU y no tan desarrolladas como la periferia de Europa, que empiezan a endeudarse, vivir y a gastar, a un ritmo mayor a sus capacidades. La fiesta duró en el mundo desarrollado, hasta la caída del sistema financiero americano en 2008. De ahí en adelante, se ha tratado de sostener el sistema, renovando deudas impagables, e inyectando liquidez sin restricciones. Sin embargo, llega la hora y es necesario reconocer que los países ricos ya no lo son tanto, y que los países pobres tampoco lo son tanto. La economía mundial tendrá que encontrar un nuevo equilibrio y para ello, la única forma fácil de hacerlo, es cambiando el valor relativo de las monedas. La magnitud del ajuste global de riqueza, necesariamente será con volatilidad, con vértigo, con miedo (como tituló la portada de The Economist). Habrá momentos en que este temor volverá temporalmente a depreciar las monedas emergentes por la búsqueda masiva de refugio en el dólar. Pero al final, la humanidad está frente a un problema positivo. La mitad más pobre de la población del planeta está mejorando su condición de vida. El 20% más rico de la población del planeta, tendrá que ajustarse, descansar menos y trabajar más. Es inevitable que este cambio genere una fuerte volatilidad. Hay que “Rogar a Dios” para que la transición de bienestar sea ordenada, y en el transcurso de ella, no se desestabilice el sistema, y termine por destruir todo lo bueno que en parte importante del mundo emergente se ha empezado a consolidar.

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