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“Las penas de la política se pasan con política”

Roberto Munita Abogado, magíster en Sociología y Master en Political Management

Por: Roberto Munita | Publicado: Miércoles 29 de julio de 2020 a las 04:00 hrs.
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Roberto Munita

Las últimas semanas han sido particularmente controversiales para el Ejecutivo. A la pandemia galopante y a la tensión económica y laboral que se han desatado, como consecuencia directa de proteger la salud por sobre cualquier otro bien, se ha sumado un desorden político de envergadura que ha tenido al Gobierno enfrentado con los dos principales partidos del oficialismo en el Congreso. No quedaba otra que reordenar las piezas del ajedrez a través de un cambio de gabinete. Al fin y al cabo, el poder consiste justamente en ejercerlo.

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El croquis, sin embargo, estaba lejos de ser fácil para el Presidente. Muchos pedían un golpe de timón, y que se notara un poder de mando firme y efectivo. Algunos exigían, además, un cambio en el perfil del ministro del Interior, proponiendo un hombre más duro y con más años que Blumel. Otros, en cambio, señalaban que un ajuste ministerial sería una excelente oportunidad para desactivar los pleitos internos en RN y la UDI. Más de alguno opinó que no se podía dejar de lado a Evópoli, por su leal comportamiento en los últimos episodios. Y algún bando exponía por ahí que se requería mantener el estilo cultivado por los últimos gabinetes, exhibiendo una nueva derecha, con juventud, preparación y una perspectiva hacia el futuro.

¿Qué hizo, entonces el Presidente? Todas las anteriores. Se necesitaba más política, y Sebastián Piñera entregó —justamente— más política, considerando sólo ministerios políticos y no a carteras sectoriales; acá había una crisis de la política, y había que hacerse cargo de ella. Por ello, sólo se movieron piezas del comité político, y de otras tareas fundamentales del Estado, como Defensa o la Cancillería. Y el primero de estos movimientos fue, sin duda, un golpe a la cátedra en Interior: Víctor Pérez cuenta con todas las credenciales para superar las expectativas depositadas. Es un político de los antiguos, reservado, esquemático, calculador. Conoce bien el Congreso y sabe de seguridad pública. Es el pánzer que necesita la centroderecha, rol que será mucho más gravitante si se rearma una primera línea en Plaza Italia, una vez descartado el riesgo de contagio por Covid.

El ajuste también sirvió para poner paños fríos en las contiendas de los dos principales partidos. Es verdad que en la UDI entró al comité político el adversario de Van Rysselberghe, pero esto se contrarresta con la inclusión de Pérez Varela, un viejo aliado de la presidenta gremialista. La misma solución salomónica se observa en RN: invitar a un Allamand sin un Desbordes, o viceversa, habría sido como apagar un incendio con bencina; previniendo ello, Piñera optó por incorporarlos a ambos en el gabinete y en igualdad de condiciones: ninguno en el comité político, ambos en tareas de Estado.

Por último, el gabinete también conserva parte de los aciertos que ha tenido el Ejecutivo en los últimos meses: se mantiene a Briones en Hacienda —un espaldarazo a Evópoli— y se incorpora a un Jaime Bellolio que representa la mantención del espíritu de esa nueva derecha preocupada del diálogo y la modernización del Estado que buscó fundar Blumel. Además, el nuevo esquema mantiene a Karla Rubilar y Monckeberg en el comité político, asegurando los equilibrios que toda coalición requiere.

Piñera resolvió el puzzle, y entregó un rediseño que empodera a los partidos y permite asumir con un segundo aire los desafíos que esperan para diecinueve meses que parecerán eternos. Corresponde ahora ver si este nuevo plantel brilla en la cancha tal como en el papel. Porque de una cosa podemos estar seguros: la hinchada ya no tiene paciencia.

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