Pablo Ortúzar

Que vuelvan las “clases”

Pablo Ortúzar Antropólogo social, investigador Instituto de Estudios de la Sociedad

Por: Pablo Ortúzar | Publicado: Viernes 12 de junio de 2020 a las 04:00 hrs.
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La idea de “clase social” genera tirria en mucha gente. El abuso de este concepto por parte de la izquierda marxista durante la Guerra Fría lo quemó. Así, muchos piensan que utilizarlo implica creer, entre otras cosas, que las clases se definen mecánicamente en relación a los medios de producción, que la lucha entre ellas es el motor de la historia y que el progreso de esa lucha nos conduce inexorablemente hacia una sociedad de iguales.

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Sin embargo, la sociología de clases marxista es una más entre muchas. Y abandonar del todo el concepto puede ser un tremendo error: perdemos una valiosa herramienta de reflexión social. Una herramienta que justamente nos podría ayudar a salir de la crisis política en la que estamos.

Uno de los grandes problemas de la democracia liberal es que la igualdad formal de sus ciudadanos puede hacer pasar fácilmente por alto su desigualdad material. Y eso es fuente permanente de abusos e injusticias que pueden terminar amenazando al sistema institucional completo. Pensar en términos de clase previene que esto ocurra, y nos induce a realizar a tiempo las reformas adecuadas. Y también a no comulgar con ruedas de carreta.

Un ejemplo: el movimiento estudiantil de 2011 se hacía pasar por la voz del pueblo pobre. Sin embargo, su objetivo prioritario fue la gratuidad universitaria. Es decir, un privilegio para un grupo ya privilegiado en relación a los más desfavorecidos. Por supuesto, en el plano retórico “todas las luchas se tocan”, pero a la hora de los quiubo se sabe quién corta el queque. Al final, no fueron el Sename, la formación técnica ni la educación temprana para nivelar la cancha los que salieron ganando, fue una fracción educada de la clase media urbana, apoyada por una izquierda ansiosa de votos.

Otro ejemplo es nuestro sistema penitenciario: todos saben que es una máquina para procesar y reproducir una clase de pobres. Esto, al punto de que hay centros de detención distintos para quienes no pertenecen a esa clase.

¿Qué pasaría si pensamos el conflicto social chileno como un conflicto de clases que debe ser orientado hacia un compromiso entre los grupos enfrentados? Los libros “The New Class War”, de Michael Lind, e “Historical Dynamics”, de Peter Turchin, son excelentes guías en este camino.

A través de ellos podríamos ver Chile como una sociedad cuyo progreso generó nuevos conflictos entre clases -entendidas como grupos de afinidad vocacional y de parentesco- en distintos niveles de la estructura social, llevando a una disputa elitista muy polarizada arriba, que bloquea la posibilidad de cambios importantes y pragmáticos hacia abajo, donde la sensación de miseria acecha. Si identificamos bien los grupos en tensión, podemos imaginar un orden no utópico donde quepan todos. Desigual, pero justo.

Una imaginación sociológica adecuada, de hecho, nos permitiría negociar pragmáticamente, sin máscaras, los términos del nuevo compromiso institucional que necesitamos -con o sin nueva Constitución- para seguir funcionando en paz como país.

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