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Columnistas

17/03/2017

Quejarse

Por Padre Raúl Hasbún

  • Por Por Padre

    Por Padre

    Nuestro idioma abunda en sinónimos del verbo quejarse: gemir, dolerse, lamentarse, querellarse, murmurar, protestar, gruñir, refunfuñar, desahogarse, llorar, poner el grito en el cielo, maldecir, echar pestes, rezongar, sentirse, reclamar...Se dice que provendría de la semejanza fonética del croar de la rana con los sonidos espontáneos y entrecortados que solemos emitir en señal de dolor, molestia o acusación contra alguien. Por raíz latina significaría agitar (lanzas o cabezas), golpear violentamente, dañar, perturbar: activa o pasivamente. Inquietante término que se comprende mejor en sus gratos antónimos: aceptar, contentarse, alegrarse, aguantarse, asumir, ceder, conformarse, calmarse, reír...El inglés y el alemán no favorecen este hábito (¿o industria?) tan frecuente y apabullante de vivir quejándose. La BBC tiene como política televisiva el "never explain, never complain". Nosotros enarbolamos a Condorito: "¡exijo una explicación!".


    La queja admite, como la ira, una doble valoración. Positiva, cuando tiene causa justa y se expresa en términos acordes con la dignidad del quejoso y de su presunto abusador. En nuestro Derecho Procesal existe el "recurso de queja" para corregir faltas, abusos, errores u omisiones manifiestos y graves cometidos en una resolución jurisdiccional. Ofendidos, o injustamente aludidos por algún medio de comunicación social, nuestra Constitución nos garantiza el derecho a que el medio difunda gratuitamente nuestra rectificación. En cada establecimiento que comercializa bienes o presta servicios debe existir un libro en que el cliente o paciente pueda registrar sus quejas.

    Y para apoyar a los quejosos existe y funciona proactivamente un Servicio Nacional del Consumidor. Aun en nuestra relación con Dios hay espacio legítimo para la queja: "Por la tarde, en la mañana, al mediodía, me quejo gimiendo. Y Dios escucha mi voz, y su paz rescata mi alma" (salmo 54, 18). El Oficio Divino comienza con esta demanda plañidera: "Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, ¡date prisa en socorrerme!". Sin omitir la conmovida queja de Jesucristo al morir: "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?". Regada con lágrimas y abonada con su sangre, su queja es el legítimo, último recurso del hijo-niño. ¿No se ha dicho, y no es verdad que "el que no llora no mama"?
    Exasperantemente negativa es la queja sin fundamento, contra toda justicia, verdad y elemental gratitud.

    O expresada por vías que más apuntan a deshonrar al presunto abusador que a corregir el abuso. Liberados gratuita y milagrosamente de su esclavitud en Egipto, los israelitas no cesaban de murmurar contra Moisés y contra Yahvé, por " hacernos morir de hambre y sed en el desierto". Mascullar, hablar soterradamente, ver en todo perversidad, hacer de la queja un hábito, y nunca agradecer ni disfrutar ni conformarse con lo que se tiene; malgastar la vida victimizándose, reclamando derechos sin asumir deberes, convierte al quejoso en un compañero de ruta indeseable e insoportable. Exhala el apestoso aliento de la ingratitud.

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