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Buenas (auto) regulaciones y sanas innovaciones

La regulación no significa necesariamente la pérdida de libertad de las empresas, pero si está mal planteada puede encauzar a modelos de negocios que terminan siendo perjudiciales para la competitividad de un país.

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La regulación no significa necesariamente la pérdida de libertad de las empresas, pero si está mal planteada puede encauzar a modelos de negocios que terminan siendo perjudiciales para la competitividad de un país.

Una buena regulación siempre permite la innovación hacia actividades económicas que generan valor a la sociedad. Por lo mismo, la desregulación per se, no implica que los agentes generarán cambios positivos en todos los casos. El ser humano es eminentemente creativo, hasta el punto que en muchas ocasiones se superan los límites de lo ético.

Si nos enfocamos en lo que ha sucedido con los mercados financieros en el último tiempo, la desregulación ha llevado en muchos casos a abusos, a la concentración de poder económico, a la especulación desmesurada y a la falta de autocontrol. Así como el ser humano es creativo, también es ambicioso. Aquí es donde entran las bolsas.

Las bolsas formales que actúan en los mercados de capitales son instituciones privadas, que buscan generar un legítimo “lucro” en sus actividades, pero a su vez, tienen sobre sus hombros una enorme responsabilidad. Dado que están relacionados directa y diariamente con los mercados financieros, sus capacidades de reacción, y la de sus operadores, ante situaciones críticas o de riesgo, son naturalmente mayores a las del regulador, y eso es lo que se espera de ellos. Es por lo mismo que deben ser instituciones respetadas y respetables.

Tienen el particular desafío de mantenerse competitivas y dinámicas, sin descuidar las reglas y normas que mantienen a los mercados robustos y sanos. Aquí aparece la tan mencionada “autorregulación”, herramienta que ha resultado efectiva para contener, reforzar, y a veces, enmendar el rumbo de los mercados hacía situaciones de destrucción de valor, o derechamente, autodestrucción. Es estas tareas de autorregulación, las bolsas no deben coartar la innovación propia ni de los operadores, sino todo lo contrario, incentivarla y encauzarla por buen camino.

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