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Columnistas

La ceguera del iceberg

JUAN CARLOS EICHHOLZ Socio fundador de Adapsys y profesor UAI

Por: Juan Carlos Eichholz

Publicado: Miércoles 22 de julio de 2026 a las 04:04 hrs.

En las últimas semanas se han dado pasos concretos para enfrentar tres temas importantes que nos afectan como país: bajo crecimiento, alto desempleo y desplome de la tasa de natalidad. El Congreso está ad portas de despachar la llamada ley de reconstrucción nacional, con su rebaja del impuesto corporativo del 27% al 23%; el gobierno lanzó varias iniciativas para recuperar 300 mil empleos; y se instaló una comisión de expertos para revertir una fecundidad de menos de un hijo por mujer, la más baja del continente y una de las más bajas del mundo.

La semana pasada, en otro lugar, un grupo transversal de los mejores economistas del mundo, incluidos 16 premios Nobel, firmó una declaración inquietante: “We Must Act Now”. No la firman los alarmistas de siempre, sino, por el contrario, aparecen muchos escépticos del pánico tecnológico. Además, se sumaron varios de los propios constructores de la inteligencia artifical (IA), provenientes de OpenAI, Anthropic y Google DeepMind. No dicen que la IA destruirá el empleo, más bien señalan que viene una transformación mayor que la Revolución Industrial, en apenas una fracción del tiempo, y que puede ser bendición o catástrofe según lo que hagamos ahora.

Es un aviso de los barcos que van adelante en la misma ruta. Y conviene recordar qué hizo el Titanic con avisos así. Recibió varias advertencias de hielo, aquella noche del 14 de abril de 1912. La del vapor Mesaba -“grandes icebergs justo en su rumbo”- llegó al operador, pero nunca subió al puente. Cuando el Californian avisó “estamos rodeados de hielo”, el telegrafista del Titanic le respondió que se callara, pues estaba ocupado despachando los telegramas personales de los pasajeros. La advertencia existía, pero el canal estaba saturado con el tráfico del día.

Nosotros hacemos lo mismo. Despachamos importantes telegramas de la coyuntura –4 puntos menos de impuesto, subsidios al empleo, incentivos a la natalidad– mientras desde adelante avisan que hay un iceberg que se llama IA. Y los tres asuntos que nos ocupan flotan justo sobre ese campo de hielo. La rentabilidad de las empresas no se jugará en 4 puntos de tributo, sino en si el modelo de negocio sigue existiendo. El empleo no se jugará en cómo crear 300 mil puestos, sino en qué pasará con los que hoy existen. Y nadie decide traer un hijo al mundo por un subsidio más cuando el horizonte del trabajo y del ingreso se vuelve incierto. Son leyes necesarias para este tiempo, pero un tiempo que pronto ya será otro.

Aquella noche el mar estaba en calma perfecta, sin olas que rompieran en la base del témpano y lo delataran; una inversión térmica dibujó además un horizonte falso que lo camufló. Cuando por fin lo vieron, estaba a una milla; demasiado tarde para virar un barco de ese tamaño. Por eso los Nobel insisten en actuar ahora, antes de verlo, porque después ya no se puede. La declaración no trae propuestas concretas, y se la ha criticado por eso, pero su valor está en subir el aviso al puente de mando y focalizar la atención.

Todo este patrón de comportamiento evasivo tiene un nombre: la ceguera del iceberg. Y no es sólo aplicable a los gobiernos, sino que a cualquier empresa, porque no hay ninguna que no tenga la IA casi al frente de sus narices. La diferencia está en si su puente de mando –directorio y comité ejecutivo– está poniendo foco en ella o si siguen usando su carta de navegación de siempre.

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