La paradoja del desarrollo
CARLOS CRUZ DIRECTOR EJECUTIVO, CONSEJO DE POLÍTICAS DE INFRAESTRUCTURA
La Región de Atacama experimenta actualmente una profunda paradoja entre su rotundo éxito macroeconómico y su evidente rezago urbano y de infraestructura. La zona ostenta tasas de crecimiento asombrosas, evidenciando un aumento del PIB cercano al 20%, en 2024 y a 15,6%, en 2025.
Este auge está impulsado principalmente por proyectos mineros de cobre, oro y litio, a lo que se suma el enorme impacto de los yacimientos proyectados en Argentina, cuyos insumos se deberán exportar desde Chile hacia los mercados asiáticos. Sin embargo, la otra cara de la moneda revela una región a la que se ingresa por un aeropuerto colapsado, que padece de redes eléctricas debilitadas con caídas habituales de suministro y que sufre una carencia evidente de viviendas y de servicios básicos para la educación.
Esta dualidad genera un fenómeno social complejo, pues el impulso inversor atrae a una gran “población flotante” de trabajadores especializados que ocupan los servicios locales, pero que no logran arraigarse. Ante la falta de atributos que hagan atractiva la vida en sus ciudades, flota en el aire la inevitable pregunta de cuáles serían las razones para que alguien quisiera vivir en Copiapó.
“La interrogante fundamental que debemos contestar es qué hay que hacer para que el impulso inversor de la región se aproveche debidamente para transformarlo de verdad en un motor de desarrollo regional”.
Ante este escenario, la interrogante fundamental que debemos contestar es qué hay que hacer para que el impulso inversor de la región se aproveche debidamente para transformarlo de verdad en un motor de desarrollo regional.
La respuesta está en comprender que no basta con contar con factores que dinamicen las economías locales de forma aislada; es indispensable elaborar y ejecutar miradas sistémicas. Es imperativo encauzar estos formidables impulsos para transferir el esfuerzo económico hacia aquellas condiciones de satisfacción que la población local demanda, logrando que sus niveles de vida se vean mejorados de forma proporcional a las riquezas extraídas.
Este equilibrio requiere una visión integradora respecto de lo que es posible hacer, capaz de satisfacer adecuadamente los exigentes requerimientos de los sectores productivos sin abandonar las necesidades de las comunidades locales. Ese es el sentido profundo de una política de infraestructura debidamente comprendida. Para materializar esta visión, es vital resolver los anquilosados problemas institucionales que nos han obligado a mirar la infraestructura desde rígidos “silos disciplinarios”.
Hoy padecemos de instituciones a cargo que escasamente conversan entre sí, no por una falta de voluntad de sus integrantes, sino porque sus propias dinámicas institucionales no se lo permiten.
Finalmente, en el entendido de que el sector público adolece de recursos que requiere una gesta de esta envergadura, es necesario detectar nuevas formas de financiamiento. Explorar sin miedo las diferentes formas de asociación entre el sector público y privado ya no es una opción, sino un absoluto imperativo para transformar el crecimiento de Atacama en un verdadero desarrollo humano.