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Columnistas

DF Tax | La batalla cultural

Por Ignacio Gepp, socio de Puente Sur.

Por: Equipo DF

Publicado: Jueves 5 de marzo de 2026 a las 04:00 hrs.

Un componente central en el discurso de la familia Kaiser en las elecciones de 2025, es que la derecha debía dar una batalla cultural. Este discurso supone, para estos hermanos, la reivindicación de las ideas de la libertad.

Pero la defensa de la libertad no les pertenece sólo a los Kaiser. Hace años esta causa fue abrazada por el hoy presidente electo José Antonio Kast, quien durante su última campaña presidencial decidió dejarla en un segundo plano. Esto, en favor de un gobierno de emergencia, una suerte de bomberos que debían apagar el incendio producido en los últimos años, sin preocuparse por si las fundaciones del edificio debían mantenerse en pie o demolerlas.

Pero esta actitud tuvo un quiebre cuando Kast habló en Bruselas. En este discurso, Kast volvió a reivindicar la libertad por encima de otras causas que el presidente electo interpreta como parte del ideario de sus oponentes políticos, tales como el ambientalismo o el animalismo.

Dentro de la esfera tributaria, estas posturas ideológicas, que reflejan valores sobre los que construimos nuestra sociedad, también se manifiestan en políticas tributarias con objetivos más allá de la recaudación.

En una de sus versiones, la batalla cultural está representada por los impuestos “verdes”, los impuestos a ciertos bienes que se estiman nocivos para los individuos y la sociedad, e incluso a ciertas actividades, siendo un ejemplo reciente un sin tax propuesto en Florida para quienes produzcan material para Only Fans. En todos estos casos, se apunta a generar cambios en las conductas tanto de los productores como de los consumidores. Son impuestos en los que el Estado encarece la libertad.

Otra esquirla de la batalla cultural se manifiesta cuando los fundamentos políticos de la ley tributaria son adoptados por los organismos técnicos del Estado, como ocurre hoy se rasgan vestiduras por el rol de los impuestos como herramienta para redistribuir recursos. Hay quien dirá que cuando la moral fiscal entra por la puerta, la técnica fiscal sale por la ventana.

Esta fricción ideológica también lleva a identificar supuestos enemigos del sistema tributario, como ocurre a nivel global en las cruzadas en nombre de la justicia social contra las multinacionales y familias de alto patrimonio.

La batalla cultural tiene un relato tributario hoy que, contrario a lo que Kast pareciera defender, ha limitado las libertades de los contribuyentes, siendo una endeble economía de opción quizás una de sus víctimas más claras. Con eso hay que preguntarse si el discurso de Kast en defensa de la libertad se queda en Bélgica, o vuelve a Chile.

¿Cómo podría Kasta defender la libertad en materia tributaria?

Siendo Kast un conservador, aterricemos su táctica con lo que debería generar menos resistencia: los impuestos como una forma de asegurar un mercado competitivo y justo.

La fórmula es obvia, ya que es imposible un mercado realmente libre cuando algunos actúan dentro del sistema y otros, fuera. La informalidad tributaria es, sin duda alguna, la principal enemiga no de los impuestos (estos son secundarios), sino de la oportunidad que les permite a quienes desean prosperidad emprender y competir en términos justos y de forma libre.

Javier Etcheberry, el Sheriff del SII, ese que alega hasta hoy ser víctima de una trampa, había emprendido ese camino “sacando a los fiscalizadores a la calle” para combatir la informalidad, hasta que una fatídica entrevista lo fulminó.

Más allá de Etcheberry, otra forma de combatir la informalidad ha sido la actitud colaboradora que el SII ha venido explorando con las plataformas digitales desde el segundo gobierno de Sebastián Piñera, y que está dando resultados. Ello no sólo en términos de recaudación, sino también al forzar a que miles de actores económicos operen arriba de la mesa porque (casi) no quedan piedras bajo las que esconderse.

Fomentar la competencia justa también es posible eliminando exenciones sin justificación como las rentas presuntas, o exenciones al IVA que ya hemos nombrado tantas veces y que atentan profundamente contra la competencia que un liberal debiera querer defender.

Complementariamente, el rol del SII en facilitar la formalización de emprendedores, educar a los negocios, e incluso ofrecer funciones de soporte como una “contabilidad fiscal” es fundamental, pero choca con una cultura fiscal de antaño que ve al contribuyente como el enemigo del cual sospechar y con ese temor eterno al fraude. Ergo, una defensa de la libertad no es posible sin cambiar estructuralmente la forma en que la administración tributaria percibe a los contribuyentes, pasando de matrices de riesgo a matrices de oportunidad.

¿Es posible este cambio cultural en un solo gobierno?

Posiblemente, pero será resistido. Vivimos en una sociedad que, producto de esta batalla cultural, ha identificado sistemáticamente al ciudadano con capacidad de contribuir como el enemigo, el sospechoso o el tramposo, ante la impotencia o la indolencia de no saber qué hacer con quien decide no contribuir. Esto está cambiando y en eso Kast puede ayudar.

Dentro del liderazgo del SII ya reconocen que las políticas de colaboración son exitosas a la hora de generar transparencia, focalizar, y recaudar. ¿La mejor evidencia?: probaron suerte con las propuestas de declaración de impuestos, se animaron a seguir colaborando con las plataformas digitales, y hoy ya firman flamantes acuerdos con grupos como ENEL.

El desafío para Kast y el ministro Quiroz es escalar estas prácticas colaborativas al resto de los contribuyentes y, de paso, contagiar a SII algo del espíritu de InvestChile, que vela por atraer a Chile las inversiones cumplidoras de la normativa local. Dicho de otra forma, aquí la batalla cultural se gana si se logra que, transversalmente, el SII mire al contribuyente y a quienes asisten en el cumplimiento tributario como socios de Chile, y no como adversarios.

¿Se atreverá el presidente electo Kast a dar esta pelea?

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